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No es lo mismo conocer pymes que haberlas vivido

Por Juan Carlos Valda · jcvalda@grandespymes.com.ar

Hay una escena que se repite y que yo conozco bien: un empresario está sentado al otro lado de la mesa, con la caja ajustada, con algún conflicto familiar rondando, con el equipo que espera una señal y con esa mezcla de cansancio y orgullo que no figura en ningún balance. En ese momento, lo que él necesita no es que le expliquen su empresa desde afuera. Necesita que quien tiene enfrente haya estado, aunque sea de alguna manera, en un lugar parecido al suyo. Esa diferencia -entre conocer las pymes y haberlas vivido – no siempre se nota en el curriculum, pero se nota enseguida en la conversación.

Trabajar con pymes aporta cosas valiosas: metodología, herramientas, marcos de análisis, mirada externa, capacidad de ver lo que la costumbre vuelve invisible. No estoy desvalorizando eso pero, lo que digo es que hay un tipo de comprensión que sólo se consigue desde adentro, y que esa comprensión cambia todo, desde la manera de escuchar hasta la manera de intervenir.

Lo que el informe no captura

Recuerdo haber visto, más de una vez, un diagnóstico técnicamente correcto que describía con precisión el problema de una empresa y no servía de nada porque no llegaba a captar lo que estaba detrás. Un informe puede decir que hay falta de delegación pero, lo que no dice es que ese empresario lleva quince años siendo la única persona que nunca se fue de vacaciones tranquilo, que firmó avales con su casa, que sostuvo sueldos en meses en que él no cobró, y que delegar, para alguien con esa historia, no es una decisión técnica sino una decisión que le toca algo muy profundo. Cuando uno entiende eso de verdad, la conversación cambia.

Desde adentro se aprende que el organigrama dice una cosa mientras la autoridad real circula por otro lado, que una decisión comercial no afecta sólo el margen sino también la caja de esa semana, el ánimo del equipo, la relación con un cliente al que se conoce desde hace veinte años y, muchas veces, la tranquilidad de una conversación que viene después en la mesa familiar. Esa cadena de consecuencias no se aprende leyendo un caso sino viviéndola, o al menos estando muy cerca de alguien que la vive.

Lo que parece resistencia y no lo es

Uno de los errores más frecuentes que he visto en intervenciones externas es interpretar como resistencia lo que en realidad es otra cosa. El empresario que no cambia no siempre es alguien que no quiere cambiar. Muchas veces es alguien que teme romper equilibrios que costaron años construir, alguien que calla para no abrir un conflicto familiar que viene acumulándose desde hace demasiado tiempo, o alguien que sostiene una forma de trabajo que ya agotó no por ignorancia sino por una lealtad difícil de explicar a quienes no la vivieron. Desde afuera, todo eso puede catalogarse rápidamente como «falta de apertura al cambio» pero, desde adentro, uno aprende a leerlo de otra manera.

Lo mismo ocurre con la informalidad. Hay empresas que funcionan de maneras que ningún manual aprobaría y que sin embargo sobreviven, se adaptan y sostienen gente durante décadas. El vendedor más antiguo puede conocer al cliente mejor que cualquier sistema de CRM y el encargado de planta puede anticipar un problema antes de que aparezca en un indicador. Eso no justifica el desorden, claro, pero ayuda a comprenderlo antes de intervenir, y esa comprensión previa es la que distingue una propuesta que se implementa de una que termina archivada a los tres meses.

El error de creer que la pyme es una empresa grande en pequeño

Una pyme no es una versión reducida de una gran compañía, y esa confusión ha hecho mucho daño. He visto propuestas de profesionalización llegar con la lógica de una corporación mediana, con estructuras, comités y procesos diseñados para organizaciones que tienen recursos, tiempos y personas que la pyme no tiene. El resultado casi siempre es el mismo: el empresario escucha, asiente, y cuando el consultor se va, la empresa sigue funcionando igual que antes, porque lo que le propusieron no tenía nada que ver con su realidad concreta.

En una pyme las personas tienen nombre, historia, vínculos, heridas viejas, lealtades difíciles de explicar y saberes acumulados que no figuran en ningún manual pero que condicionan todo lo que ocurre adentro. Ignorar eso no es ser más profesional, es ser menos efectivo. La profesionalización fracasa cuando llega con la soberbia de quien cree que todo lo anterior fue improvisación inútil, y también fracasa cuando el empresario siente que le están diciendo que todo lo que construyó estuvo mal. El camino útil pasa por comprender primero la lógica que permitió llegar hasta aquí, y recién después construir la que se necesita para seguir creciendo.

Lo que cambia cuando uno estuvo adentro

Es muy fácil decirle a un empresario que tiene que delegar cuando uno no estuvo en su lugar, cuando no arriesgó patrimonio, cuando no puso la firma, cuando no pagó sueldos en un mes difícil, cuando no cargó durante años con la sensación de que si él se caía, se caía todo. Yo he estado cerca de esa experiencia, y eso cambió la manera en que me siento frente a un empresario. No me vuelve dueño de la verdad ni me autoriza a simplificar lo que es complejo. Me da, simplemente, una sensibilidad distinta para escuchar lo que muchas veces no se dice en voz alta: el cansancio acumulado, la soledad de ciertas decisiones, la dificultad real de poner límites cuando todos dependen de uno.

Esa cercanía no significa acompañar sin decir lo que hay que decir. Al contrario: permite decir cosas difíciles con una llegada distinta, precisamente porque se entiende lo que hay detrás. Puedo señalarle a un empresario que su centralización está frenando la empresa, que su modo de decidir genera dependencia o que su estilo de conducción ya no alcanza para la etapa actual, y eso tiene más posibilidades de ser escuchado cuando no suena a juicio externo sino a lectura honesta de alguien que entiende la lógica de ese tipo de organización por dentro.

El lenguaje que abre y el lenguaje que cierra

La diferencia también se nota en cómo se habla. Cuando a un empresario pyme se le habla como si dirigiera una corporación en miniatura, probablemente escuche por educación pero por dentro sienta que quien tiene enfrente no terminó de entender su mundo. He visto esa cara muchas veces: el empresario que asiente, que toma nota, que agradece, y al que nunca más nadie llama porque la intervención no llegó donde tenía que llegar.

El momento que más me importa en una conversación con un empresario es cuando dice, a veces con cierta sorpresa: «Eso es exactamente lo que me pasa, aunque nunca lo había podido ordenar así». Ese instante vale más que cualquier presentación impecable, porque allí es donde empieza la posibilidad real de cambio. El lenguaje no debería servir para impresionar sino para hacer visible lo que estaba mezclado, y eso solo se logra cuando quien habla tiene alguna idea real, no solo conceptual, de lo que es vivir una empresa desde adentro.

Por qué escribo esto

Lo escribo porque creo que hay una diferencia que vale la pena nombrar y no para establecer jerarquías entre quienes acompañan pymes de distintas maneras, sino porque el empresario que busca ayuda merece saber desde dónde habla quien pretende acompañarlo. Mi manera de mirar la pyme no nace solamente de haberlas estudiado o asesorado durante cuatro décadas sino también de haber estado cerca de su dinámica real, de haber visto de cerca esa mezcla de esfuerzo, intuición, improvisación, orgullo y miedo que pocas veces entra completa en una presentación.

El conocimiento sobre pymes es necesario aunque no alcanza cuando queda separado de la vida real de las pymes. Detrás de cada pequeña o mediana empresa hay personas que construyeron, arriesgaron, se equivocaron, aprendieron y siguieron adelante muchas veces sin manual, sin respaldo y sin demasiados aplausos. Acompañarlas bien exige saber de gestión, de estrategia, de finanzas, de liderazgo, y también exige algo más difícil de aprender en un aula: la capacidad de entrar en ese mundo sin despreciarlo, de proponer cambios que respeten la historia sin convertirla en una excusa para no moverse, y de hablarle al empresario con la honestidad de alguien que entiende lo que cuesta lo que él tiene entre manos.

Puedes leer más artículos de Juan Carlos Valda en https://grandespymes.ar/category/articulos-propios/

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