Modo Oscuro Modo Claro
10 preguntas para medir la eficiencia de las reuniones
¿Qué tan lejos quedaron tus sueños de juventud?

¿Qué tan lejos quedaron tus sueños de juventud?

por Juan Carlos Valda

Hubo un tiempo en el que todo parecía posible. Un tiempo en el que decir “algún día” no sonaba a excusa sino a promesa. Soñabas con ser, con hacer, con vivir de una determinada manera. No necesariamente con fama o dinero, sino con sentirte pleno, auténtico, dueño de tu tiempo, de tus decisiones y de tu camino. Hoy, si te detienes un minuto y miras hacia atrás, la pregunta aparece sola, incómoda y honesta: ¿qué tan lejos quedaron esos sueños de juventud?

No es una pregunta fácil. Porque no habla de lo que lograste, sino de lo que dejaste en el camino. Habla de las renuncias silenciosas, de los desvíos que en su momento parecían razonables, de las postergaciones que se justificaron con argumentos adultos: responsabilidades, estabilidad, obligaciones, “no es el momento”, “más adelante”. Y mientras tanto, la vida siguió avanzando, sin pedir permiso.

Muchos prefieren no hacerse esta pregunta. No por falta de tiempo, sino por miedo a la respuesta. Porque reconocer que un sueño quedó lejos duele. Duele aceptar que no fue una catástrofe externa la que lo impidió, sino una suma de decisiones pequeñas, cómodas, prudentes, que tomadas de a una no parecían traición, pero acumuladas terminaron siendo abandono.

Cuando eras joven, el mundo no estaba dividido en “realista” e “irreal”. Estaba lleno de posibilidades. No necesitabas tener todo claro, solo necesitabas creer que era posible intentarlo. Con el tiempo, aprendiste a ser sensato, a cuidar lo que tenías, a no arriesgar de más. Y eso no está mal. El problema aparece cuando la sensatez se convierte en resignación, y la prudencia en una coartada elegante para no moverte.

Tal vez no soñabas con algo extraordinario. Tal vez soñabas con escribir, viajar, crear, enseñar, emprender, tocar un instrumento, vivir con menos apuro, tener conversaciones profundas, disfrutar más de las personas que querías. Sueños simples, pero profundamente humanos. Y sin darte cuenta, los fuiste empujando a un rincón mental donde no molestaran demasiado. No los mataste, pero los anestesiaste.

La vida adulta tiene una habilidad particular para normalizar lo que no nos hace bien. Te acostumbras a jornadas largas, a agendas llenas, a decir “no tengo tiempo” como si fuera una verdad absoluta y no una elección. Te acostumbras a funcionar, a cumplir, a responder. Y en ese funcionamiento permanente, el sueño queda como un recuerdo borroso, algo que “hubiera estado bueno”, pero que ya no sabes bien cómo retomar.

Hay una trampa muy común: creer que si no se dio antes, ya no se va a dar. Como si los sueños tuvieran fecha de vencimiento. Como si la juventud fuera el único territorio legítimo para desear algo distinto. Esa idea es cómoda, porque te libera de la responsabilidad de hacer algo hoy. Pero también es profundamente injusta contigo mismo.

No se trata de volver atrás ni de recriminarte cada decisión tomada. Con la información y la madurez que tenías en ese momento, hiciste lo que pudiste. La pregunta importante no es por qué no lo hiciste antes, sino qué vas a hacer ahora con lo que todavía te importa. Porque si ese sueño sigue apareciendo, aunque sea de vez en cuando, es porque no murió. Está esperando que lo mires de frente.

A veces el sueño no quedó lejos, solo quedó deformado. Cambió de forma, de escala, de contexto. Tal vez ya no quieras lo mismo, pero sí quieres algo que se le parece en esencia. Más libertad, más coherencia, más disfrute, más sentido. Y eso sigue siendo posible, incluso si el camino no es el que imaginabas a los veinte.

El costo de no revisar esto es alto. No siempre se paga con tristeza evidente. Muchas veces se paga con una sensación de vacío difícil de explicar, con irritabilidad, con cansancio emocional, con esa pregunta muda que aparece en momentos de silencio: “¿Esto es todo?”. No es ingratitud por lo que tienes. Es intuición de que hay una parte tuya que quedó sin atender.

Revisar los sueños de juventud no es un ejercicio nostálgico, es un acto de honestidad. Es preguntarte si la vida que estás viviendo es, al menos en parte, la que elegirías si no tuvieras que justificarte ante nadie. Es reconocer qué partes de ti fueron quedando al margen para sostener un modelo de vida que hoy ya no te representa del todo.

Tal vez descubras que algunos sueños ya no tienen sentido. Está bien. Soltarlos conscientemente también es madurar. Pero hay otros que siguen ahí, insistentes, pidiendo espacio. Y esos son los que merecen una decisión. No promesas grandilocuentes, sino acciones pequeñas y concretas. Un primer paso que diga “esto importa”.

No necesitas cambiar todo de golpe. Necesitas dejar de traicionarte en lo pequeño. Dejar de decirte que no puedes cuando en realidad no te animas. Dejar de postergar indefinidamente lo que sabes que te haría sentir más vivo. A veces el sueño no se retoma con un giro radical, sino con una conversación pendiente, una hora semanal, una elección distinta.

La juventud no se define por la edad, sino por la capacidad de proyectar. El día que dejas de imaginar un futuro que te entusiasme, envejeces de verdad. Mientras sigas siendo capaz de preguntarte qué quieres y qué estás dispuesto a hacer para acercarte, sigues a tiempo.

Tal vez tus sueños de juventud quedaron lejos en términos de forma, pero no de esencia. Tal vez no seas quien imaginabas, pero aún puedes ser alguien con quien te sientas en paz. La vida no te pide cuentas por lo que soñaste, pero sí te presenta una oportunidad todos los días: la de vivir con mayor coherencia entre lo que eres, lo que haces y lo que deseas.

La pregunta, entonces, no es qué tan lejos quedaron tus sueños de juventud. La pregunta real es qué vas a hacer hoy con lo que todavía sueñas, aunque no lo digas en voz alta. Porque mientras sigas respirando, siempre hay margen para acercarte un poco más. Y a veces, ese poco, cambia todo.

Agregar Comentario Agregar Comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio esta protegido por reCAPTCHA y laPolítica de privacidady losTérminos del servicio de Googlese aplican.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

Post Anterior

10 preguntas para medir la eficiencia de las reuniones