Por Juan Carlos Valda – jcvalda@grandespymes.com.ar
—No doy más —dijo Ricardo, apenas se sentó—. Todo pasa por mí. Si delego, vuelven con errores y si no delego, me ahogo. Ya no sé qué hacer.
—Lo que te pasa no es raro —respondió Esteban, sin apurarse—. Lo raro sería que una empresa creciera de verdad si todo sigue dependiendo de una sola cabeza.
—Sí, eso ya lo sé pero el problema es que cuando delego, las cosas no salen como deberían salir.
—Déjame hacerte una pregunta incómoda. Cuando dices que delegas, ¿qué estás delegando realmente: tareas o criterio?
Ricardo frunció el ceño.
—¿Cuál es la diferencia? Si le digo a alguien lo que tiene que hacer, estoy delegando.
—No necesariamente. Muchas veces sólo estás repartiendo trabajo. Delegar de verdad es otra cosa, es transferir capacidad de decisión dentro de ciertos límites, sembrar criterio, lograr que la otra persona no solo haga, sino que entienda cómo pensar frente a lo que aparece.
—Suena bien, pero bastante teórico.
—No es teoría. Es una de las diferencias más concretas entre una empresa que vive apagando incendios y una empresa que empieza a ordenarse. Mira, si tú le dices a alguien “haz este presupuesto”, le estás dando una tarea pero si además le explicas qué cosas no se negocian, qué margen mínimo debe cuidar, qué tipo de cliente conviene priorizar, cuándo debe consultarte y cuándo puede resolver solo, entonces ya no le estás dando solo una tarea, le estás transmitiendo criterio.
Ricardo se quedó callado unos segundos.
—Entonces el problema es que yo creo que delego, pero en realidad sólo distribuyo cosas para hacer.
—Exactamente. Y eso genera una trampa muy común en las Pymes, el dueño reparte tareas, pero se guarda el pensamiento. Los demás ejecutan, pero no comprenden y entonces, ante cualquier duda, ante cualquier desvío o ante cualquier situación nueva, todo vuelve al empresario. La empresa se llena de manos ocupadas, pero sigue teniendo una sola cabeza.
—Eso me pasa todos los días.
—Claro y seguro que después aparece la frase de siempre: “No puedo delegar porque nadie piensa” pero habría que preguntarse cuántas veces se les enseñó a pensar con los criterios del negocio.
—Bueno, pero tampoco puedo dar una clase antes de cada tarea.
—No hace falta dar una clase, hace falta dirigir mejor. Son dos cosas distintas. Delegar no es dar órdenes más simpáticas ni descargar trabajo porque estás saturado, supone formar personas para que puedan actuar con un marco y ese marco no aparece por arte de magia.
—¿Y cómo se construye ese marco?
—Primero, dejando de creer que el colaborador tiene que adivinar lo que tú consideras obvio. En muchas Pymes, el dueño lleva veinte o treinta años viendo el negocio, tiene incorporadas mil variables que ni siquiera sabe que sabe, decide rápido porque ya tiene criterio acumulado y el problema es que muchas veces pretende que un gerente, un encargado o un administrativo actúe igual, pero sin haberle explicado cómo llega a esas conclusiones.
—Eso es verdad. Hay cosas que para mí son evidentes.
—Para ti, pero no para el otro. Y ahí empieza una fuente enorme de frustración. Tú dices: “Era sentido común” pero el otro piensa: “Nadie me dijo que eso era importante”. Tú crees que faltó compromiso, pero— tal vez faltó contexto.
Ricardo se acomodó en la silla.
—Entonces delegar exige más tiempo del que yo pensaba.
—Al principio, sí y por eso muchos empresarios no lo hacen bien porque repartir tareas es rápido, pero, sembrar criterios lleva más tiempo, más conversación, más paciencia y más método, pero también es lo único que reduce de verdad la dependencia. Lo otro sólo disimula el problema.
—O sea que cuando explico mal, después pago el costo en controles, errores y retrabajos.
—Exactamente. La mala delegación no ahorra tiempo: lo cambia de lugar. Te ahorras cinco minutos al inicio y pierdes cinco horas corrigiendo después y además generas un daño silencioso: le enseñas al equipo que piense poco y consulte todo.
—Eso es durísimo.
—Sí, pero es real. Hay empresarios que dicen querer gente autónoma, pero cada vez que alguien toma una decisión sin consultar, lo retan. Entonces el mensaje verdadero no es “quiero que pienses”, sino “quiero que hagas lo que yo haría, pero sin margen de error y sin que te lo tenga que explicar” y así no se forma a nadie.
Ricardo soltó una risa breve, de esas que aparecen cuando algo incomoda porque es cierto.
—Más de una vez hice eso.
—La mayoría lo hace y no por mala intención, sino porque viene manejando la empresa desde un lugar muy central, pero si de verdad quieres delegar, tienes que asumir que formar criterio implica aceptar una curva de aprendizaje. Habrá errores, claro. La pregunta no es si habrá errores, sino qué tipo de errores estás dispuesto a usar para enseñar y cuáles no estás dispuesto a tolerar.
—Explícame eso.
—Muy simple. No todo debe quedar librado a la experiencia. Hay errores que afectan al cliente, a la caja, a la reputación o al equipo, y esos hay que prevenirlos con reglas claras. Pero hay otros desvíos menores que sirven para aprender. Si castigas todo, nadie se anima. Si permites todo, la empresa se desordena. Delegar bien es definir límites, criterios y niveles de autonomía.
—Entonces no se trata de soltar todo.
—Por supuesto que no. Delegar no es abandonar. Tampoco es desentenderse. Delegar bien es acompañar sin invadir. Es estar disponible sin volver a tomar el control a la primera dificultad.
—Eso también me cuesta. Cuando veo que algo viene torcido, intervengo.
—Y a veces haces bien. El problema es cuando intervienes siempre, demasiado pronto y de la misma manera. Porque el otro aprende que pensar no vale la pena: total, al final decides tú. En ese esquema, la empresa puede funcionar un tiempo, pero no crece en capacidad. Solo crece en dependencia.
Ricardo miró hacia la ventana.
—Entonces sembrar criterio sería algo así como transmitir la lógica del negocio.
—Exactamente. La lógica del negocio, sus prioridades, sus límites, sus riesgos y sus reglas. Enseñar criterio es explicar qué mirar primero, qué cuidar siempre, qué señales anticipan un problema, qué decisiones se pueden tomar solo y cuáles deben escalarse. Es ayudar a que el colaborador comprenda no solo el qué, sino el porqué y el para qué.
—Eso cambia bastante la idea de delegar.
—La cambia por completo. Porque en ese momento dejas de usar a las personas como extensiones de tus manos y empiezas a formarlas como extensiones inteligentes de la dirección. Y eso tiene un impacto enorme. Mejora la velocidad de respuesta, reduce cuellos de botella, fortalece a los mandos medios, baja el desgaste del empresario y prepara a la empresa para funcionar con más solidez.
—¿Y por qué cuesta tanto hacerlo?
—Porque exige renunciar a una ilusión muy tentadora: la de creer que nadie lo hará tan bien como uno. A veces es verdad. Muchas veces, al menos al principio, será así. Pero esa no es la pregunta importante. La pregunta importante es esta: ¿quieres seguir siendo indispensable para todo o quieres construir una empresa capaz de sostenerse mejor, incluso cuando tú no estés encima?
Ricardo no contestó enseguida.
—Cuando lo dices así, suena obvio.
—Muchas cosas en dirección suenan obvias cuando ya es tarde. Por eso conviene mirarlas antes. Si tú sigues delegando solo tareas, tu empresa podrá moverse, pero no madurará. Tendrá actividad, pero no necesariamente capacidad. En cambio, si empiezas a sembrar criterios, quizás avances más lento al principio, pero estarás construyendo algo mucho más valioso: un equipo que entiende, decide mejor y te libera de verdad.
—¿Y cuál sería un primer paso concreto?
—Muy sencillo. La próxima vez que delegues algo importante, no te limites a decir qué hay que hacer. Agrega cinco cosas: qué resultado esperas, qué hay que cuidar especialmente, qué errores no se pueden cometer, en qué casos debe consultarte y con qué criterio debería resolver si tú no estás. Solo eso ya cambia la calidad de la delegación.
—Nunca lo pensé tan estructurado.
—Porque en muchas Pymes se delega por cansancio, no por diseño. Y delegar por cansancio suele salir caro.
Ricardo sonrió, esta vez con algo de alivio.
—Entonces el problema no era solo que yo hacía demasiado, sino que enseñaba demasiado poco.
—Ahí está el punto. Delegar no es vaciarte de tareas. Es multiplicarte en criterio. Y cuando una empresa logra eso, empieza a depender menos de la presencia permanente del dueño y más de una forma compartida de pensar y actuar.
Esteban hizo una pausa y cerró con calma:
—Repartir tareas puede darte aire por un rato. Sembrar criterios, en cambio, puede darte empresa.
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