por Juan Carlos Valda – jcvalda@grandespymes.com.ar
Durante muchos años se habló del ego como si fuera siempre un problema. En la empresa, especialmente en la PYME, suele asociarse el ego con el dueño soberbio, el fundador que no escucha, el empresario que cree saberlo todo, el jefe que confunde autoridad con imposición. Esa imagen existe, por supuesto, y genera muchísimo daño. Hay empresas que se achican, pierden talento, repiten errores y desperdician oportunidades por culpa de un ego sobredimensionado que no permite aprender, revisar, delegar ni aceptar que el mundo cambió.
Ahora bien, sería un error quedarse solamente con esa mitad de la película. El ego desmedido enferma la conducción, aunque el ego demasiado pequeño también puede destruir una empresa. Tal vez lo haga de una manera más silenciosa, menos antipática y hasta más difícil de detectar, porque el empresario que no se anima a conducir no suele generar rechazo. Muchas veces genera pena, comprensión o incluso simpatía. Parece buena persona, escucha a todos, evita conflictos, pide opiniones, busca consenso, trata de no molestar y se muestra cuidadoso. El problema aparece cuando detrás de esa aparente prudencia hay miedo, parálisis y una renuncia concreta a ocupar el lugar que la empresa necesita que ocupe.
El ego sano no es soberbia, es conciencia del propio rol
Conviene separar las cosas desde el inicio. Tener ego no significa creerse superior a los demás. Significa tener una percepción suficientemente clara del propio lugar, de la propia responsabilidad y del impacto que tienen las decisiones que uno toma o deja de tomar. En una PYME, esa conciencia es crítica, porque la empresa no se conduce sola. Puede haber gerentes capaces, equipos comprometidos, asesores externos y colaboradores con buena voluntad, aunque siempre tiene que existir alguien que integre, priorice, decida, sostenga el rumbo y asuma el costo de conducir.
El ego sano permite decir: “Esta empresa necesita que yo esté a la altura de mi responsabilidad”. Esa frase, bien entendida, no tiene nada de arrogante. Al contrario, es una declaración de madurez. El empresario que tiene un ego sano sabe que no puede hacer cualquier cosa, que debe escuchar, que puede equivocarse, que necesita rodearse de gente mejor que él en muchos temas y que la conducción moderna no se basa en gritar más fuerte. Al mismo tiempo, comprende que escuchar no equivale a obedecer, que delegar no significa desaparecer y que consultar no implica entregar el volante.
Cuando ese equilibrio se pierde, aparecen dos deformaciones posibles. Una es el empresario que se agranda tanto que la empresa queda encerrada dentro de su cabeza. La otra es el empresario que se achica tanto que la empresa queda sin cabeza. Las dos situaciones son peligrosas, aunque la segunda suele pasar más desapercibida porque se disfraza de humildad.
El peligro del empresario que se achica
Conocí situaciones donde la empresa estaba mal, no solo por problemas comerciales, financieros o de mercado, sino porque quien debía conducir no lograba hacerse cargo de su propio lugar. Había gerentes con carácter fuerte, colaboradores con más presencia que criterio y decisiones importantes que se postergaban indefinidamente. El empresario tenía miedo de incomodar, de quedar mal, de contradecir a quienes lo rodeaban, de perder gente clave o de generar una discusión que después no pudiera manejar.
Desde afuera, el problema parecía de gestión. Al mirar más de cerca, el verdadero problema era de conducción. La empresa no tenía un centro claro de decisión. Cada gerente defendía su territorio, cada área empujaba para su lado y el dueño, en lugar de ordenar el juego, buscaba no quedar atrapado en el conflicto. Esa conducta puede parecer razonable durante un tiempo, especialmente cuando uno cree que evitar tensiones ayuda a conservar la paz interna. En realidad, cuando la autoridad se retira, la tensión no desaparece; simplemente se reparte mal, se esconde, se acumula y termina explotando donde menos conviene.
El empresario con ego subdimensionado no siempre es débil en términos personales. A veces fue golpeado por fracasos anteriores, quedó afectado por una crisis fuerte, perdió confianza después de una mala decisión o fue rodeándose de personas que, sin mala intención necesariamente, terminaron ocupando un espacio que él fue dejando vacío. También puede ocurrir que haya confundido humildad con falta de presencia, escucha con ausencia de criterio, prudencia con demora permanente.
Cuando el miedo a los gerentes gobierna la empresa
Existe un punto especialmente delicado en muchas PYMES: el empresario que empieza a temerles a sus propios gerentes. No necesariamente les teme como personas, sino al impacto que podría tener enfrentarlos, corregirlos o exigirles un cambio. Tiene miedo de que se vayan, de que se enojen, de que lo cuestionen, de que digan que él no entiende, de que expongan sus debilidades técnicas o de que lo dejen solo con un problema que no sabe resolver.
Esa situación invierte el orden natural de la empresa. Los gerentes deben tener autonomía, criterio y poder de gestión, desde luego, aunque ese poder debe estar enmarcado dentro de un rumbo definido por la conducción. Cuando el dueño teme marcar límites, los gerentes dejan de ser parte de un sistema de dirección y empiezan a convertirse en pequeños centros de poder. Cada uno puede ser competente en su área, incluso muy valioso, aunque la suma de competencias individuales no reemplaza la necesidad de conducción empresaria.
En ese contexto, las reuniones se vuelven ambiguas, las decisiones se diluyen y los problemas importantes se conversan muchas veces sin resolverse nunca. El empresario escucha, asiente, promete revisar, pide más información y deja pasar los días. Mientras tanto, la caja se deteriora, los clientes se pierden, los costos crecen, los conflictos internos se profundizan y la organización aprende una lección peligrosa: en esta empresa, nadie termina decidiendo de verdad.
La quiebra rara vez empieza el día que falta dinero
Muchas empresas cierran cuando se quedan sin caja, aunque el deterioro suele haber empezado bastante antes. Empieza cuando se posterga una decisión incómoda, cuando se tolera un gerente que no rinde por miedo a reemplazarlo, cuando se sostiene una estructura que la empresa ya no puede pagar, cuando se evita hablar de rentabilidad para no enfrentar una realidad desagradable, cuando se permite que cada área defienda su comodidad en lugar de responder por el resultado general.
La falta de conducción tiene costo económico. Esto es fundamental comprenderlo. El empresario que no se anima a decidir no está siendo neutral. Está decidiendo por omisión. Está dejando que el tiempo, la inflación, los bancos, los proveedores, los clientes, los empleados más influyentes o el mercado decidan por él. Esa forma de conducción pasiva suele ser mucho más cara que una decisión imperfecta tomada a tiempo.
Una PYME puede soportar errores. De hecho, toda empresa viva comete errores, corrige, aprende y vuelve a intentar. Lo que difícilmente soporta es una conducción paralizada, porque la parálisis consume energía sin producir aprendizaje. El error bien trabajado deja experiencia. La indecisión prolongada deja desgaste, resentimiento y pérdida de confianza.
Recuperar autoridad sin convertirse en autoritario
El desafío no consiste en pasar del miedo al golpe sobre la mesa. Esa reacción suele ser tan mala como la pasividad anterior. El empresario que durante años evitó ejercer autoridad puede sentir, de pronto, que necesita imponerse con dureza para recuperar el terreno perdido. Ese camino rara vez funciona, porque la autoridad verdadera no nace del enojo acumulado, sino de la claridad del rol, la coherencia de las decisiones y la capacidad de sostener conversaciones difíciles sin destruir vínculos.
Recuperar autoridad empieza por aceptar una verdad incómoda: dirigir implica incomodar. En algún momento habrá que decir que una propuesta no sirve, que un resultado es insuficiente, que una conducta no puede repetirse, que un gerente debe cambiar su manera de trabajar o que determinada decisión se tomará aunque no todos estén de acuerdo. La conducción responsable no busca agradar todo el tiempo. Busca cuidar la empresa, su futuro, su gente y el esfuerzo acumulado durante años.
Ese cuidado requiere firmeza. También requiere humildad, porque el empresario no tiene por qué saberlo todo ni resolverlo todo solo. Puede pedir ayuda, armar un comité de dirección, apoyarse en información seria, ordenar los ámbitos de decisión y profesionalizar la gestión. Lo que no puede hacer es esconderse detrás de sus propios gerentes esperando que ellos conduzcan una empresa cuyo destino final no les pertenece de la misma manera.
La pregunta que el empresario debería hacerse
Tal vez la pregunta no sea si tienes mucho o poco ego. La pregunta más útil sería otra: ¿tu manera de ocupar el lugar de conducción ayuda a que la empresa funcione mejor o la deja más confundida, más lenta y más vulnerable?
Si tu presencia ordena, orienta, integra y permite decidir mejor, probablemente estés construyendo una autoridad sana. Si tu presencia aplasta, bloquea, invade y no deja crecer a nadie, el ego está ocupando un lugar desmedido. Si tu ausencia deja a todos mirando hacia otro lado, esperando que alguien se anime a definir lo que tú no defines, el ego se achicó demasiado y la empresa está pagando el precio.
El empresario PYME no necesita creerse invencible, iluminado ni imprescindible en todo. Necesita asumir que su rol existe, pesa y tiene consecuencias. Dirigir no es mandar por orgullo. Dirigir es hacerse cargo. Cuando quien conduce se borra, el barco puede seguir flotando un tiempo, incluso puede parecer que avanza por inercia, aunque tarde o temprano aparece la tormenta que revela si había capitán o solo alguien con el título formal de dueño.
El ego sano no garantiza el éxito, aunque su ausencia suele preparar el fracaso. Una empresa puede perdonar muchas imperfecciones de su empresario, pero rara vez perdona que quien debía conducir haya renunciado, en silencio, a tomar el timón.
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- El miedo: la barrera silenciosa en la comunicación — https://grandespymes.ar/2026/04/06/el-miedo-la-barrera-silenciosa-en-la-comunicacion/
Porque el mismo miedo que paraliza al empresario frente a sus gerentes también daña la comunicación interna de toda la empresa.
- Cómo tener conversaciones difíciles en la empresa familiar — https://grandespymes.ar/2026/03/09/como-tener-conversaciones-dificiles-en-la-empresa-familiar/
Porque recuperar autoridad implica animarse a sostener conversaciones que muchos empresarios vienen postergando.
- El verdadero desafío del empresario: elegir y formar a quien continuará la empresa — https://grandespymes.ar/2026/04/20/el-verdadero-desafio-del-empresario-elegir-y-formar-a-quien-continuara-la-empresa/
Porque un empresario que no ocupa su lugar hoy tampoco puede preparar a nadie para ocuparlo mañana.