por Paola Graziano
Hace poco tuvimos un bolo con mi grupo que no fue como esperábamos: ..vino poca gente y el sonido fue bastante malo, la voz prácticamente no se escuchaba.
Y oye, ..estas cosas pasan.
Peeero… se cuentan poco.
Cuando abrimos las redes, lo que se suele ver es lo lindo:
Las versiones editadas, los logros y los resultados impecables.
- Artistas que llenan teatros y encadenan sold outs en giras por lugares espectaculares (pero no se ven los bolos con poca gente o con sonido terrible por los que todos han pasado).
- Emprendedores que “facturan siete cifras mientras duermen” (pero no muestran los meses en rojo, los miedos o las noches sin dormir).
- Nómadas digitales que viajan con su portátil por sitios paradisíacos (pero no enseñan las horas reales de trabajo, la inestabilidad o la soledad que a veces conlleva).
- Personas que a los 30 tienen casa, hijos, empresa, perro y abdominales marcados (pero no ves las renuncias, la presión o el coste de mantener ese ritmo).
- Influencers con rutinas de mañana que parecen rodadas por HBO (pero no se muestra el cansancio, o las veces que no pueden con todo).
- Creadores que suben un vídeo y lo petan (pero no los veinte anteriores que no vio nadie, ni la frustración que hubo entre medias).
- Madres perfectas que llegan a todo sin perder nunca la paciencia (pero no vemos los llantos en el baño, el agotamiento o la culpa silenciosa que también existe).
Y cuando comparamos esa postal perfecta que se muestra, con la vida real, con sus días buenos, los reguleros y los feos.. es fácil que aparezca la idea de:
“yo es que debería estar más arriba”,
“debería hacer más”,
“debería ser más”.
El mensaje silencioso que se instala en nuestra cabeza es:
si no estás en la cima, no has “llegado”.
Peeero…
¿y si no hiciese falta estar en la cima para ser exitoso?
Ese bolo flojito del otro día, con poca gente y mal sonido, también forma parte del camino.
Fue una noche en la que igualmente tocamos, nos reímos, aprendimos, compartimos algo bonito con quienes sí vinieron.
No fue épico.
No fue “instagrameable”.
Pero fue real.
Y ahí está el punto:
No todos tenemos que llegar a la cima. Y no pasa nada.
El éxito no es un destino al que se llega.
El éxito es un lugar que sea habitable para ti.
Y ese lugar no tiene por qué estar arriba del todo.
El éxito también puede ser seguir haciendo algo que te importa, aunque no siempre brille.
Puede ser una ladera de la montaña donde se respira mejor:
tu trabajo que te sostiene,
tu proyecto pequeño pero tuyo,
tus relaciones,
tu tiempo libre,
tu salud mental más o menos en orden.
Las cimas impresionan, sí.
Pero muchas veces son frías, solitarias y frágiles.
Y para llegar ahí suele haber un precio: renuncias, exigencia constante, soledad, miedo a caer… y puede que no todos queramos pagar ese precio.
Porque al final, el éxito real no es escalar sin parar,
el éxito real es decidir dónde quieres vivir tu aventura.
Cuando dejamos de mirar hacia arriba, nos damos espacio para mirar hacia dentro.
Y ahí descubrimos que la cima que nos vendieron quizá no es la que realmente deseamos.
Puede que para muchos nuestro lugar ideal no sea la cima, sino una ladera tranquila.
Un lugar que quizá no impresione a los demás, pero que sí nos haga sentir plenos, coherentes y felices a nosotros mismos.
Preguntas de reflexión:
- ¿Qué imágenes de éxito tienes en tu cabeza que quizá no son tuyas, sino aprendidas de redes, familia o cultura?
- ¿Cuándo fue la última vez que te comparaste con una “versión editada” de alguien… y cómo te hizo sentir?
- Si el éxito no tuviera forma de cima, ¿qué forma tendría para ti?
- ¿Qué cosas de tu vida actual ya se sienten como una “ladera habitable”, aunque no sean espectaculares?
- ¿Qué renuncias no estás dispuesto/a a hacer para llegar más arriba… y qué dice eso de tus valores?
- Si nadie pudiera ver tu vida desde fuera, ¿cómo sabrías tú que estás viviendo una vida que vale la pena?
¿Qué podrías dejar de exigirte esta semana para empezar a vivir más según tu definición de éxito y menos según la mirada de otros?