La escalera de Wittgenstein y el empresario PYME: cuando insistir en lo que te trajo hasta acá empieza a impedirte seguir
Por Juan Carlos Valda – jcvalda@grandespymes.com.ar
Ludwig Wittgenstein dejó una de esas imágenes que incomodan porque no admiten maquillaje, dijo que, una vez que usamos la escalera para subir, hay que tirarla, porque si seguimos cargándola, se transforma en un estorbo. La escalera no es falsa, no es inútil, no es un error simplemente ya cumplió su función. El problema aparece cuando insistimos en sostenerla por miedo, por costumbre o por confundir gratitud con dependencia.
En el mundo PYME esta paradoja no es filosófica, es cotidiana y de hecho, atraviesa silenciosamente a miles de empresas que no están en crisis, que funcionan, que facturan, pero que dejaron de crecer o crecieron al precio de agotar al empresario. Empresas que están paradas en un descanso, mirando el próximo tramo, sin entender por qué subir se volvió tan pesado.
La escalera que hizo posible la empresa
Toda PYME nace con una escalera muy concreta, suele estar hecha de intuición, sacrificio personal, horas infinitas, decisiones rápidas y una fuerte centralización en la figura del dueño. Esa escalera es poderosa porque permite arrancar cuando no hay estructura, cuando no hay recursos, cuando no hay margen para el error ni para la espera.
Gracias a esa forma de hacer, la empresa arranca, se consolida, atraviesa crisis, paga sueldos y construye reputación. Nada de eso es casual ni menor. Al contrario, es la base real sobre la que se construyó todo lo demás. El problema no está en haber usado esa escalera, sino en creer que esa misma lógica sirve para cualquier etapa del negocio.
La paradoja empieza cuando el empresario confunde lo que fue necesario con lo que sigue siendo conveniente, y defiende la escalera no como herramienta, sino como identidad.
Cuando la escalera deja de ser apoyo y pasa a ser peso
En las PYMES, la escalera rara vez se rompe, no genera un colapso inmediato pero, lo que hace es empezar a pesar cada vez más, justo cuando la empresa se vuelve más compleja. Aparecen más personas, más procesos, más clientes, más riesgos financieros y más decisiones que ya no dependen de una sola variable.
Sin embargo, el empresario sigue intentando subir con la misma lógica de siempre. Decide todo, controla todo, corrige todo, apaga incendios todo el tiempo. La empresa funciona, pero a costa de su energía, de su tiempo y, muchas veces, de su calidad de vida. El crecimiento deja de sentirse como una conquista y empieza a vivirse como una carga.
Ahí es donde la escalera, sin dejar de ser “la de siempre”, se transforma en un ancla invisible.
La trampa de “siempre lo hicimos así”
Una de las formas más sutiles en las que la escalera se vuelve intocable es a través de frases que parecen razonables, pero que esconden rigidez. “Siempre lo hicimos así y nos fue bien” suele ser la más peligrosa, porque es verdadera y, al mismo tiempo, insuficiente.
Que algo haya funcionado no significa que siga siendo la mejor opción. Significa que funcionó en un contexto determinado, con un tamaño de empresa, un mercado y una estructura específicos. Cuando esas variables cambian, insistir en la misma lógica deja de ser coherencia y empieza a ser negación.
El problema no es mirar el pasado con orgullo, sino usarlo como argumento para no pensar el futuro.
Cuando la escalera sos vos
Hay un punto todavía más delicado en esta paradoja, y es cuando la escalera no es un sistema, ni un proceso, ni una forma de trabajo, sino el propio empresario. Durante años, la empresa salió adelante porque vos estabas en todo, porque resolvías rápido, porque conocías cada detalle y porque nadie cuidaba el negocio como vos.
Eso genera una identificación profunda entre persona y empresa. Soltar la escalera, en ese caso, se vive como perder control, perder relevancia o incluso perder sentido. No es casual que muchos empresarios digan que quieren delegar, pero sigan interviniendo en todo, porque en el fondo no están delegando tareas, están intentando delegar identidad.
La paradoja es dura: cuanto más indispensable sos para el funcionamiento diario, menos escalable se vuelve la empresa.
Las escaleras mentales que ya no ayudan
Además de las prácticas concretas, existen escaleras mentales, mucho más difíciles de detectar, que siguen condicionando las decisiones. Creencias como “nadie está preparado”, “si delego pierdo control” o “esto en una PYME no se puede hacer” suelen haber sido ciertas en algún momento, pero hoy operan como límites autoimpuestos.
Wittgenstein no decía que la escalera fuera falsa, decía que ya no era necesaria. Lo mismo ocurre con muchas creencias del empresario PYME. No son errores conceptuales, son respuestas viejas a problemas nuevos.
Mientras no se revisan, siguen guiando decisiones estratégicas sin que el empresario sea del todo consciente de ello.
Profesionalizar no es negar la historia, es honrarla bien
Uno de los grandes malentendidos es creer que profesionalizar implica renegar del origen o transformarse en algo ajeno. En realidad, profesionalizar es saber cuándo cambiar de herramienta, no cambiar de valores.
La profesionalización empieza cuando el empresario entiende que no tiene que subir más fuerte, sino subir distinto. Que la intuición necesita complementarse con información, que el control personal necesita convertirse en reglas claras y que el heroísmo cotidiano tiene fecha de vencimiento.
La escalera se tira no porque fue mala, sino porque seguir cargándola impide avanzar.
El miedo a soltar y la fantasía del caos
Muchos empresarios sienten que dejar atrás su forma histórica de gestionar es un salto al vacío. Temen perder control, orden o velocidad. Sin embargo, lo que suele ocurrir es exactamente lo contrario. El caos no aparece cuando se profesionaliza, aparece cuando la complejidad supera a la lógica personal del fundador.
Soltar la escalera no implica ausencia de control, implica otro tipo de control, menos emocional y más sistémico. Implica pasar de controlar personas a controlar procesos, de depender de la memoria a apoyarse en información, de decidir solo a decidir mejor acompañado.
El costo real de no soltarla
Cuando alguien dice que profesionalizar es caro, suele estar mirando solo el costo visible del cambio. Lo que no siempre se calcula es el costo silencioso de no hacerlo. Decisiones que se demoran, equipos que no crecen, conflictos que se repiten, clientes que perciben desorden y una empresa que depende cada vez más del estado anímico del dueño.
Ese costo no aparece en el balance, pero se paga todos los días, en desgaste, frustración y oportunidades perdidas. En ese sentido, la verdadera pregunta no es cuánto cuesta el cambio, sino cuánto cuesta seguir sosteniendo una escalera que ya no sirve para subir.
El rol del consultor: mostrarte la escalera que ya estás cargando
Un buen proceso de consultoría no viene a decirte que todo lo que hiciste está mal. Viene a ayudarte a distinguir qué parte de tu escalera sigue siendo útil y cuál ya se transformó en peso muerto. El valor no está en las herramientas, sino en el momento de lucidez en el que el empresario entiende que no necesita esforzarse más, sino pensar distinto.
La consultoría no compra resultados mágicos, compra claridad para decidir mejor. Y esa claridad, muchas veces, es la diferencia entre seguir subiendo o quedarse atrapado en el mismo escalón durante años.
Un nuevo tramo requiere otro liderazgo
Soltar la escalera no te quita protagonismo, te cambia el rol. El empresario deja de ser ejecutor permanente para convertirse en diseñador del sistema, en formador de criterios, en constructor de equipo y en garante de coherencia estratégica.
Ese liderazgo es menos visible, pero mucho más potente. No se basa en estar en todo, sino en hacer que las cosas pasen incluso cuando vos no estás.
La pregunta que no se puede esquivar
La paradoja de Wittgenstein no se resuelve con teoría, se resuelve con honestidad. La pregunta no es si la escalera fue útil, porque lo fue. La pregunta es otra, mucho más incómoda:
¿Qué cosas seguís sosteniendo hoy solo porque te trajeron hasta acá, aunque ya no te estén llevando a ningún lado?
En las PYMES, muchas veces no falta una escalera nueva.
Lo que falta es animarse a soltar la que ya cumplió su función.
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