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¿Está mal dar DESCUENTOS?
Hay personas que te hacen querer ser mejor sin decirte nada

Hay personas que te hacen querer ser mejor sin decirte nada

por Lorenzo Moreno

Hay un tipo de persona que aparece en la vida profesional de vez en cuando, con una frecuencia menor de la que nos gustaría y un impacto mayor del que solemos reconocer en su momento. Es la persona que con su manera de estar, de trabajar, de relacionarse y de encarar lo que se le pone delante, consigue algo que ningún curso de formación, ningún programa de desarrollo directivo y ningún libro de autoayuda profesional ha conseguido jamás de manera sostenida: hace que querer mejorar parezca la opción más natural del mundo. No te lo dice. No te lo propone. Simplemente lo encarna de una manera tan genuina y tan cotidiana que estar cerca de ella te genera una especie de inquietud positiva, una incomodidad constructiva que te empuja a preguntarte si estás dando todo lo que podrías estar dando.

Esas personas existen. Y vale la pena hablar de ellas porque en un momento como el actual, donde se habla mucho de referentes, de modelos a seguir y de culturas de mejora continua, rara vez se señala con claridad lo que de verdad marca la diferencia entre inspirar a alguien y simplemente compartir espacio con él. La diferencia, casi siempre, tiene que ver con algo que va mucho más allá de los resultados que esa persona obtiene o del cargo que ocupa en el organigrama. Tiene que ver con cómo se relaciona con su propio crecimiento. Con la actitud con la que enfrenta lo que desconoce, lo que le cuesta, lo que sale mal y lo que podría salir mejor. Con la coherencia entre lo que dice y lo que hace, que en el día a día de una organización es una rareza que se nota desde lejos.

Lo primero que caracteriza a estas personas es que han resuelto algo que a la mayoría le genera una tensión permanente: la relación con sus propios límites. Saben dónde están. Los reconocen con una naturalidad que resulta casi desconcertante en un entorno donde admitir que algo se desconoce sigue siendo, en demasiados contextos, una señal de debilidad. Para ellas, no saber algo es simplemente el punto de partida de aprenderlo. Y eso, que suena sencillo cuando se escribe, es extraordinariamente difícil de practicar de manera consistente cuando hay una posición que defender, una reputación que cuidar y un equipo que te observa. La persona que levanta la mano en una reunión y dice «en esto no tengo criterio suficiente, necesito entenderlo mejor» está haciendo algo que requiere más seguridad interna que cualquier discurso sobre liderazgo que hayas escuchado en tu vida.

Lo segundo es su manera de relacionarse con el error. En las organizaciones, el error tiene una gestión casi siempre disfuncional, y es que se oculta, se minimiza, se atribuye a factores externos o se convierte en motivo de señalamiento hacia otros. Las personas que hacen que mejorar parezca natural tienen una relación completamente diferente con sus propios errores. Los analizan, los asumen, extraen lo que hay que extraer de ellos y siguen adelante sin el peso de quien carga con algo que preferiría que no hubiera ocurrido. Eso genera en su entorno un efecto que es difícil de fabricar con políticas o procesos, y es la sensación de que equivocarse es parte del trabajo y que lo que importa es lo que se hace después. Cuando un líder tiene esa relación con sus propios errores, el equipo aprende a tenerla también. Y un equipo que aprende de sus errores en lugar de esconderlos es un equipo que mejora a una velocidad que ningún plan de formación puede igualar.

Lo tercero, y esto es quizás lo más poderoso de todo, es que estas personas tienen una curiosidad que no caduca. La mayoría de los profesionales llegan a un punto en su carrera donde la curiosidad se estrecha. Se vuelven expertos en su área y la exploración fuera de ella empieza a parecer un lujo o una distracción. Las personas que inspiran mejora de manera natural siguen siendo curiosas mucho más allá de lo que su posición o su experiencia les exigiría. Se interesan por lo que hacen los demás, por cómo funciona lo que no conocen, por perspectivas que no son las suyas. Y esa curiosidad sostenida en el tiempo tiene un efecto contagioso que es casi imposible de resistir si se está cerca de ella con la frecuencia suficiente.

En el contexto del liderazgo y la dirección de equipos, la presencia de este tipo de personas tiene un valor que va mucho más allá de su contribución individual. Un equipo que tiene cerca a alguien así cambia. Cambia el nivel de las conversaciones, cambia la ambición colectiva, cambia el estándar implícito de lo que se considera suficiente. Es lo que en física se llama un campo, una fuerza que actúa sobre todo lo que está dentro de su radio sin necesitar contacto directo. Esas personas son campos de mejora. Y las organizaciones que tienen la inteligencia de identificarlas, de ponerlas en lugares donde ese campo pueda expandirse y de no aplastarlas con burocracia o con estructuras que premian la conformidad sobre el crecimiento, son las que acaban teniendo culturas que otros intentan replicar sin entender del todo por qué las suyas no funcionan igual.

La pregunta que este tema deja encima de la mesa es la más incómoda y la más necesaria al mismo tiempo. ¿Eres tú una de esas personas para alguien? ¿Hay alguien en tu equipo, en tu organización, en tu entorno profesional, que por el simple hecho de trabajar contigo tenga más ganas de crecer, de aprender, de mejorar? ¿Tu manera de estar en el trabajo genera ese efecto en los demás o genera exactamente el contrario? Son preguntas que incomodan precisamente porque la respuesta honesta requiere mirarse con una claridad que no todo el mundo está dispuesto a ejercer. Y sin embargo son las preguntas más importantes que cualquier profesional con responsabilidad sobre otras personas puede hacerse.

Porque al final, el legado de un líder no se mide en los resultados del último trimestre ni en los proyectos completados ni en los objetivos alcanzados. Se mide en cuántas personas que han trabajado con él son mejores profesionales por haberlo hecho. Eso es lo que dejan las personas que hacen que mejorar parezca natural. Una estela de crecimiento que sigue avanzando mucho después de que ellas hayan salido de la sala.

Ser una de esas personas es una decisión. Tomada cada día, en cada conversación, en cada momento donde se puede elegir entre crecer o conformarse.

Y esa decisión, curiosamente, también es contagiosa.

Fuente: https://www.linkedin.com/pulse/hay-personas-que-te-hacen-querer-ser-mejor-sin-decirte-lorenzo-moreno-g9cxe/

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