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Juan Carlos Valda
Tu reunión puede tener una excelente agenda y seguir siendo una mala reunión

Tu reunión puede tener una excelente agenda y seguir siendo una mala reunión

Por Juan Carlos Valda · jcvalda@grandespymes.com.ar

Durante años insistimos, con bastante razón, en que las reuniones de una Pyme necesitan tener una agenda, y esa recomendación apareció como respuesta a una escena demasiado conocida: personas convocadas sin saber exactamente para qué, temas que se incorporan sobre la marcha, discusiones que se estiran más de lo previsto, problemas operativos que desplazan decisiones importantes y encuentros que terminan sin responsables ni compromisos claros. Frente a ese desorden, la agenda representó un avance real, porque permitió definir los asuntos que debían tratarse, asignarles tiempo, ordenar la participación y evitar que cada encuentro quedara atrapado por la urgencia del día. La dificultad aparece más adelante, cuando el empresario descubre que una agenda puede ordenar perfectamente una reunión y, aun así, no conseguir que esa reunión produzca algo valioso.

Una investigación presentada el 17 de agosto por Alison Wood Brooks, de Harvard Business School, junto con Andy Atkins, basada en el análisis de mil reuniones, propone desplazar el foco desde los temas previstos hacia una cuestión bastante menos visible: la manera en que se administra la conversación. Los equipos de mejor desempeño se distinguen porque sus líderes gestionan deliberadamente tres dimensiones —goals, roles y soul—, es decir, el propósito que debe alcanzar la conversación, el papel que necesita ocupar cada participante y la calidad humana del intercambio. La diferencia parece pequeña, aunque modifica profundamente la forma de conducir una reunión.

La agenda indica el tema, pero no garantiza la conversación

Imaginemos un comité de dirección con un orden del día aparentemente impecable, donde figuran ventas, finanzas, operaciones y personas. El encuentro comienza a horario, cada responsable presenta su informe, se revisan los indicadores y alguien registra lo conversado, de modo que, mirada desde afuera, la escena resulta impecablemente profesional. Sin embargo, ventas informa que no se alcanzó el objetivo y nadie pregunta cuáles fueron las causas; finanzas advierte que la caja estará comprometida durante las próximas semanas y ninguna decisión se toma al respecto; operaciones explica las demoras atribuyéndolas a los proveedores sin que nadie cuestione esa interpretación, y cuando llega el momento de hablar de personas, el grupo esquiva el conflicto que existe entre dos responsables y que todos conocen. La agenda se cumplió perfectamente, aunque la reunión fracasó, porque el problema nunca estuvo en los puntos incluidos en el orden del día sino en la conversación que ocurrió dentro de cada punto.

Una agenda establece de qué vamos a hablar, aunque difícilmente defina quién debe aportar una perspectiva diferente, qué evidencia se necesita, dónde conviene promover el desacuerdo, quién debería escuchar antes de responder o qué decisión concreta tiene que quedar tomada antes de levantarse de la mesa, y tampoco asegura que lo verdaderamente importante llegue a decirse.

Cuando informar reemplaza a conversar

Muchas reuniones de Pyme son, en realidad, sucesiones de informes orales donde cada responsable cuenta qué ocurrió en su área mientras los demás esperan su turno para hablar. Esa dinámica transmite una sensación de orden, aunque produce poco aprendizaje colectivo, porque la información se comparte sin relacionarse, los problemas se describen sin interpretarse y las decisiones se mencionan sin que nadie verifique si realmente fueron comprendidas y aceptadas.

El gerente comercial informa que disminuyeron las ventas, el responsable financiero anuncia que crecieron las necesidades de capital de trabajo y operaciones comenta que aumentó el inventario, de manera que los tres datos podrían formar parte de un mismo problema y sin embargo permanecen separados, porque la reunión fue diseñada para que cada área expusiera su tema y no para que el equipo construyera una interpretación común. Ahí aparece una de las diferencias más importantes entre tener una agenda y diseñar una conversación: la primera organiza contenidos, mientras que la segunda busca que las personas conecten información, cuestionen explicaciones, expongan desacuerdos y produzcan una comprensión que no existía antes de sentarse. Si al finalizar todos saben exactamente lo mismo que sabían al comenzar, probablemente la reunión haya servido para informar, aunque difícilmente haya servido para dirigir.

La empresa puede profesionalizar la forma y conservar la dependencia

En muchas Pymes, la incorporación de reuniones periódicas, indicadores, agendas y minutas representa un avance enorme, porque permite abandonar parte de la improvisación y construir una gestión más previsible. El riesgo aparece cuando el empresario supone que esa formalización demuestra que la organización ya aprendió a trabajar como equipo de dirección, cuando en la práctica puede existir una agenda impecable y sostenerse al mismo tiempo una conversación completamente dependiente del dueño.

Lo he visto muchas veces: los participantes miran al empresario antes de opinar, los desacuerdos aparecen solamente cuando él los habilita, una propuesta adquiere importancia si le interesa al fundador y pierde fuerza apenas él cambia de tema, y los gerentes presentan información esperando que sea el dueño quien la interprete, establezca prioridades y decida qué hacer. La reunión tiene una estructura nueva, aunque conserva intacta la antigua distribución del poder y del pensamiento.

Incluso puede ocurrir algo más sutil, cuando los responsables aprenden a llevar a la mesa aquello que confirma lo que el empresario ya piensa y dejan afuera los datos que podrían incomodarlo. La agenda sigue cumpliéndose con prolijidad, aunque la conversación deja de ser un espacio para comprender la realidad y se convierte en una ceremonia de validación. De ahí surge una distinción que conviene tener presente: la agenda mejora una reunión cuando el problema es la falta de estructura temática, y deja de alcanzar cuando el problema es la calidad de la conversación.

Diseñar el propósito, los roles y la calidad del intercambio

Administrar una conversación significa crear las condiciones para que el intercambio produzca el resultado que la empresa necesita, algo bastante distinto de controlar cada palabra o imponer un guion rígido.

El primer elemento es el propósito, porque incluir “ventas” en la agenda resulta insuficiente si antes no definimos qué debe conseguirse al tratar ese punto: comprender por qué cayó la conversión, decidir si se modificará la política comercial o establecer qué oportunidades recibirán atención prioritaria durante el próximo trimestre.

El segundo elemento son los roles, ya que cada participante no necesita intervenir de la misma manera en todos los temas, y en una misma reunión alguien deberá aportar información, otra persona podrá cuestionar los supuestos, alguien tendrá que explicar las consecuencias operativas de lo que se propone y quien conduce el encuentro deberá integrar las perspectivas y promover una decisión. En determinados asuntos también resulta útil asignar explícitamente a una persona la tarea de plantear objeciones, no para oponerse artificialmente sino para impedir que un acuerdo rápido termine confundiéndose con una buena decisión.

El tercer elemento es el espíritu, esa dimensión humana que determina la calidad de la interacción y que explica por qué una reunión puede estar bien estructurada y resultar inútil cuando las personas sienten que disentir tiene un costo, que reconocer un error debilita su posición o que ciertos asuntos no pueden mencionarse en voz alta. La confianza en una mesa de dirección no consiste en que todos estén de acuerdo, sino en que cada uno pueda expresar una diferencia sin que esa diferencia se transforme en una amenaza personal.

El desacuerdo también necesita ser administrado

Buena parte de las reuniones deficientes fracasa por una razón opuesta a la que suele imaginarse, porque el problema rara vez es el exceso de conflicto y casi siempre es la escasez de conflicto visible. Cuando todos aceptan rápidamente una propuesta, el empresario puede interpretar que el equipo está alineado, aunque una parte de ese acuerdo quizás sea silencio, prudencia o resignación, y las objeciones que no aparecen durante la reunión suelen regresar más tarde bajo la forma de demoras, cumplimiento parcial o decisiones que nadie termina de asumir. Una buena conversación conserva el desacuerdo y lo hace aparecer en el momento y en el lugar donde todavía puede resultar útil.

Por eso, ante una decisión importante, conviene preguntar qué podríamos estar interpretando mal, quién observa un riesgo que todavía nadie mencionó, qué información disponible contradice la propuesta y qué dificultad concreta aparecerá al momento de implementarla. Lejos de complicar innecesariamente el encuentro, esas preguntas evitan que la empresa confunda velocidad con claridad.

Una reunión debe producir algo que antes no existía

El valor de una reunión difícilmente pueda medirse solamente por la puntualidad, el cumplimiento de la agenda o la calidad de la minuta, porque esos elementos son importantes, aunque pertenecen sobre todo a la estructura. Una reunión valiosa produce algo nuevo: una interpretación compartida, una decisión, una prioridad, una objeción que necesitaba aparecer, un compromiso concreto o una pregunta que cambie la manera de comprender el problema.

Antes de convocar a la próxima, el empresario podría preguntarse si sus reuniones tienen un problema de organización o un problema de conversación, porque la respuesta cambia por completo el camino a recorrer. Si los temas se mezclan, las personas llegan sin preparación y nadie sabe con precisión qué debe tratarse, entonces mejorar la agenda resolverá buena parte del asunto. En cambio, cuando los temas están ordenados y aun así las personas informan sin escuchar, evitan disentir, esperan la opinión del dueño o salen del encuentro con interpretaciones diferentes, habrá que trabajar sobre algo bastante más profundo.

El siguiente nivel de profesionalización consiste en diseñar la arquitectura de la conversación, definiendo qué queremos comprender o decidir, qué perspectivas necesitamos escuchar, dónde deseamos que aparezca el desacuerdo y cómo sabremos que la conversación realmente terminó. Una buena agenda puede ordenar una reunión; solamente una buena conversación puede convertirla en una herramienta de dirección.

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