por Juan Carlos Valda – jcvalda@grandespymes.com.ar
Es domingo por la tarde y el empresario abre la computadora para revisar “solo unos minutos” lo que viene la semana próxima, aunque termina respondiendo mensajes, autorizando una compra, corrigiendo un presupuesto mal armado y decidiendo qué hacer con un cliente que reclama por segunda vez. Cuando levanta la vista pasaron tres horas, en su casa ya cenaron sin él y le queda una mezcla incómoda de cansancio y orgullo porque en algún momento aprendió que eso también forma parte de ser dueño de una empresa.
En el mundo PyMe está muy arraigada la idea de que para que la empresa salga adelante, su dueño debe estar dispuesto a entregarlo todo, de manera que el tiempo, el descanso, la tranquilidad, los vínculos familiares, la salud y los proyectos personales terminan pareciendo el precio inevitable de emprender. Durante años se admiró al empresario que llegaba primero, se retiraba último y seguía contestando mensajes durante las vacaciones, con lo cual cuanto más agotado estaba, más comprometido parecía y cuantas más cosas personales postergaba, más empresario se sentía. Esa mirada, sin embargo, mezcla dos conceptos que se parecen bastante en la superficie y producen resultados completamente distintos: el esfuerzo y el sacrificio.
Una PyMe necesita esfuerzo pues difícilmente pueda crecer sin dedicación, constancia, disciplina y capacidad para atravesar momentos complicados, aunque lo que ninguna empresa debería necesitar para sobrevivir es que su dueño se vaya destruyendo lentamente mientras intenta sostenerla.
El esfuerzo construye y el sacrificio consume
Esforzarse significa invertir energía en algo que consideras valioso, aceptando que ciertos resultados requieren trabajo, aprendizaje, paciencia y perseverancia, razón por la cual el esfuerzo tiene propósito, dirección y un límite razonable en el tiempo. Sacrificarse implica renunciar de manera permanente a aspectos esenciales de la vida sin que exista una estrategia clara para dejar de hacerlo, con lo cual el empresario sacrificado ya no está atravesando una etapa excepcional sino convirtiendo la excepcionalidad en su forma habitual de dirigir. La diferencia se nota en lo que cada uno deja: el esfuerzo puede cansarte, pero al mismo tiempo te permite comprobar que estás avanzando, mientras que el sacrificio te desgasta sin garantizarte que la empresa esté mejorando.
Esa distinción se vuelve muy concreta cuando uno mira las situaciones cotidianas. Trabajar algunas horas adicionales para preparar una negociación importante suele ser un esfuerzo necesario, aunque trabajar doce horas todos los días porque nadie puede decidir sin consultarte, refleja un problema de organización antes que una virtud personal. Postergar unas vacaciones durante una crisis inesperada puede ser perfectamente razonable, aunque dejar de tomarlas durante diez años porque la empresa se paraliza cuando no estás es una señal que conviene mirar de frente. El punto, entonces, no está únicamente en cuánto trabajas sino en para qué trabajas de esa manera y durante cuánto tiempo piensas seguir haciéndolo.
Una cultura PyMe que aprendió a premiar el desgaste
Muchos empresarios crecieron aprendiendo que el valor personal se demuestra soportando, porque sus padres y sus abuelos levantaron negocios en contextos difíciles, atravesaron crisis económicas, trabajaron sin horarios y protegieron la empresa como pudieron. Esa historia merece todo el reconocimiento, aunque no necesariamente deba convertirse en un modelo de gestión para siempre y en no pocas empresas el sacrificio del fundador terminó transformándose en parte de la cultura: nadie se retira temprano porque el dueño nunca lo hace, nadie se toma vacaciones con tranquilidad porque él tampoco las disfruta y los problemas se resuelven mediante esfuerzos extraordinarios, jornadas interminables y decisiones de último momento.
A partir de ahí la organización empieza a confundir compromiso con disponibilidad permanente, trabajar bien deja de ser suficiente porque además hay que demostrar cansancio; resolver con método parece menos valioso que apagar un incendio de madrugada, prevenir un problema pasa inadvertido mientras quien lo enfrenta heroicamente recibe reconocimiento y así la empresa termina admirando al bombero sin preguntarse nunca quién dejó el combustible cerca del fuego.
Cuando el sacrificio tapa una empresa mal organizada
Resulta incómodo reconocerlo, aunque con mucha frecuencia el sacrificio del empresario está compensando debilidades de la organización que nadie se animó a resolver. El dueño trabaja el domingo porque durante la semana vive resolviendo urgencias, revisa cada presupuesto pues nunca se definieron criterios comerciales claros, autoriza todas las compras ya que no existen límites de decisión establecidos, participa en cada conflicto porque los mandos medios no tienen autoridad suficiente y controla hasta el último detalle porque la información de gestión llega tarde, incompleta o directamente no llega.
Desde afuera todo eso puede parecer entrega, aunque desde adentro suele ser dependencia; el empresario está sosteniendo con su cuerpo, su tiempo y su cabeza aquello que la empresa todavía no aprendió a sostener con procesos, responsabilidades, información y equipos. Ahí aparece una paradoja difícil de ver desde el cansancio: cuanto más se sacrifica el dueño, menos obligada se siente la organización a madurar, porque siempre hay alguien que completa lo que falta, corrige lo que salió mal, toma la decisión pendiente y absorbe las consecuencias. Dicho de manera más cruda, el sacrificio personal termina financiando la ineficiencia empresarial.
La distancia entre ser importante y ser imprescindible
Existe una diferencia enorme entre ser importante para tu empresa y ser imprescindible para cada una de sus actividades; una organización saludable necesita la conducción de su dueño para definir el rumbo, proteger la cultura, tomar decisiones estratégicas y desarrollar a las personas clave, aunque no debería necesitar su presencia permanente para funcionar. Cuando todo depende de ti puedes sentirte necesario y al mismo tiempo quedas atrapado, no puedes alejarte porque la empresa te necesita y la empresa nunca aprende a funcionar sin ti justamente porque siempre estás disponible.
Esa dinámica suele reforzarse con una frase que parece un elogio y funciona como una cadena: “nadie lo hace como yo”. Tal vez sea cierto y nadie pueda hacerlo exactamente como tú, aunque la pregunta relevante es otra: ¿realmente todo necesita hacerse como tú lo harías? Delegar no consiste en encontrar copias del empresario sino en construir personas capaces de lograr buenos resultados usando su propio criterio dentro de un marco compartido, de modo que mientras exijas que cada colaborador piense, actúe y decida igual que tú, seguirás condenado a intervenir en todo.
El esfuerzo saludable deja algo instalado
El esfuerzo empresario adquiere pleno sentido cuando ayuda a construir una organización mejor, por eso una etapa de trabajo intenso puede ser necesaria para ordenar procesos, formar un equipo, renegociar compromisos financieros, lanzar una nueva unidad de negocio o atravesar una crisis. Lo importante es que ese esfuerzo deje algo instalado, de manera que después de un período exigente la empresa cuente con mejores procedimientos, información más confiable, responsabilidades más claras, personas más preparadas o decisiones que reduzcan la probabilidad de repetir el mismo problema.
Cuando cada año exige el mismo nivel de esfuerzo extraordinario para resolver exactamente las mismas dificultades, ya no estás frente a una etapa exigente estás frente a un modelo que no aprende, y esa es una diferencia decisiva: el esfuerzo inteligente busca que mañana ciertas cosas sean más fáciles, mientras que el sacrificio permanente acepta de antemano que mañana volverás a padecerlas.
La empresa también debería cuidar a quien la sostiene
Muchos empresarios se preocupan sinceramente por el bienestar de su gente y consideran natural ignorar el propio, porque cuidan los horarios del equipo, conceden permisos, comprenden problemas personales y evitan sobrecargar a determinadas personas, mientras ellos mismos funcionan sin descanso, sin espacios de reflexión y con una presión constante. Conviene recordar que el empresario también es un recurso crítico de la empresa; su claridad mental, su capacidad para decidir, su equilibrio emocional y su salud forman parte del patrimonio organizacional tanto como las máquinas, los clientes o la marca.
Un dueño agotado no solamente sufre en lo personal, también decide peor, escucha menos, reacciona con mayor irritabilidad, posterga las conversaciones difíciles y pierde capacidad para distinguir lo urgente de lo importante, con lo cual el desgaste que empezó siendo un tema privado se convierte en un problema de dirección. Cuidarte, entonces, es cualquier cosa menos abandonar la empresa: es proteger uno de sus activos más relevantes.
Construir una PyMe que valga la pena
Una empresa debería mejorar la vida de quienes participan en ella, incluida la de su dueño, eso no significa esperar una conducción cómoda ni libre de dificultades o renuncias temporales. Dirigir una PyMe exige coraje, constancia y una enorme capacidad de adaptación. La cuestión es evitar que el negocio crezca a costa de que tú vayas desapareciendo detrás de él.
Quizás haya llegado el momento de preguntarte cuánto de tu cansancio responde a las exigencias inevitables del negocio y cuánto proviene de una empresa que todavía depende demasiado de ti, porque esa respuesta orienta decisiones muy distintas. Una Gran PyMe no es aquella cuyo dueño entrega toda su vida para mantenerla en pie, es aquella que gracias al esfuerzo de su empresario y de su gente aprende a sostenerse, crecer y generar valor sin exigir que nadie tenga que inmolarse en el intento.
Puedes leer más artículos de Juan Carlos Valda en https://grandespymes.ar/category/articulos-propios/