por Merce Roura
No hay nada que conquistar, nada que encontrar.
Solo se trata de ser capaces de estar con nosotros mismos.
Buscamos siempre una nueva batalla ahí afuera para no mirar dentro y descubrir qué solos nos hemos dejado… Lo tristes que nos sentimos, lo asustados que estamos, lo enfadados que vamos por la vida…
No hay nada por lo que pelear porque la vida no es pelea sino los pequeños pasos que das, sobre todo esos días en los que te cuesta tanto levantarte. Y no es que no haya sueños, ni retos, ni metas, ni momentos en los que tengas que poner todo tu empeño, es que no tenemos que ir en contra de nada ni nadie sino a favor nuestro… Y si mientras podemos acompañar a otros, mucho mejor.
Porque esto no va de fricción sino de suavidad… Aunque a veces lo rompemos todo porque nos da mucho miedo que quede un pedazo en pie al que regresar y volver a lo de siempre… Porque sabemos que mientras haya algo pendiente no podremos soltar y no queremos volver allí donde sentíamos que moríamos sin morir y vivíamos sin vivir.
No hay nada nuevo que saber, es más un olvidar lo que no nos hace bien y soltar lo que nos sobra, lo que entorpece nuestro camino y nos hace de lastre. Un darse cuenta de que lo que parecía ser no era y lo veíamos todo al revés. Un partir de cero y ver que nada era como creías y puedes darle la vuelta.
No hay nada que reprochar, solo perdonar y perdonarse.
Porque cuando perdonas te liberas de seguir recordando el dolor sufrido y de seguir apuntando con el dedo a alguien o algo. Porque mientras te fijas en otros, te olvidas de ti.
No hay nada que pensar a veces, solo sentir. Es lo que más nos asusta. Quedarnos a solas con nosotros y que la vida nos diga en voz alta aquello que no queremos saber. Que ese silencio que habla nos grite y nos cuente la historia que no queremos escuchar porque tenemos claro que cuando lo hagamos tendremos que cambiar.
No hay nada que temer más que al propio miedo que nos sujeta los tobillos y nos dice que no vayamos, que nos quedemos aquí. O que hace todo lo contrario y nos obliga a movernos para no quedarnos quietos y notar la vida a través de nosotros y ver cuánto nos estamos perdiendo por no parar a vivir.
No hay nada que conseguir. Cuando la vida te da un zarandeo enorme y te deja roto y aniquilado por dentro. Cuando no quieres ni notar el dolor porque sabes que es inmenso… Cuando te da mucho miedo empezar a llorar porque no sabes si podrás parar nunca porque sientes dentro una pena enorme… Cuando no quieres hacerte cargo de que estás solo porque no soportas estar contigo… Entonces te das cuenta de que cuando todo era hermoso tú lo veías vacío porque esperabas algo que nunca llegaba… Y te aterra descubrir que lo tuviste todo pero no lo valoraste porque estabas demasiado preocupado por lo que iba a venir.
Y recuerdas una tarde junto al mar. Todo eran risas y momentos hermosos y no los sentiste porque estabas tan amargado pensando en las facturas pendientes, en el trabajo, en los malos entendidos que se te escurrieron entre las manos… Y ahora piensas lo absurdo que fue perder esa tarde hermosa junto al mar porque ya no hay tardes como esas y las facturas, al final, se pagaron igual…
No hay nada que alcanzar, solo nos queda parar, respirar y darnos cuenta de que hemos llegado a la meta pero todavía no nos hemos permitido saborear el momento. Ya has llegado a la meta pero no lo ves porque tienes los ojos puestos en el futuro y el presente se te escapa…
Fuente: https://mercerou.wordpress.com/2023/07/17/ya-has-llegado-a-la-meta/