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El mito del escudo emocional: Creer que nadie puede dañarte sin tu consentimiento

El mito del escudo emocional: Creer que nadie puede dañarte sin tu consentimiento

por Jennifer Delgado Suárez

Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento”, dijo Eleanor Roosevelt – o al menos suelen atribuírsele dichas palabras. Aunque en la era de las redes sociales y las frases instagrameables se han desdoblado en mil versiones que repetimos como si fueran un escudo emocional o una especie de fórmula mágica contra la ofensa y la herida: “no le des a nadie el poder de hacerte sentir mal” o “no permitas que nadie te dañe”.

Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones y su matiz aparentemente “empoderador”, lo cierto es que esas frases esconden una trampa: la idea de que todo lo que sentimos es exclusivamente nuestra responsabilidad. Y eso, además de falso, puede ser psicológicamente devastador.

La ilusión de la invulnerabilidad y el mito del consentimiento emocional

Vivimos en una sociedad que sigue interpretando la vulnerabilidad como una debilidad y las emociones negativas como errores de gestión interna. Bajo esta lógica, todo malestar se convierte en una elección. Es como si nos dijeran: “si te afecta, es porque quieres o porque lo permites”.

Sin embargo, esa idea es problemática porque, por una parte, libera al “agresor” de su responsabilidad y, por otra, carga al herido con una culpa añadida: no solo te dañaron, sino que, además, dejaste que lo hicieran.

Como resultado, muchas personas ni siquiera son capaces de validar su dolor. Cuando se sienten mal por cosas perfectamente comprensibles, como un abandono, una pérdida o una traición, piensan: “no debería afectarme tanto” o “soy demasiado sensible”.

Así caen en un proceso de autoinvalidación, que implica deslegitimar las propias emociones, convenciéndose de que no deberían existir. Quien se repite que “nadie puede hacerme sentir mal sin mi consentimiento” corre el riesgo de desconectarse de su dolor, no escucharlo y no pedir ayuda. Y lo que no se siente, no sana.

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De esa forma nace una forma silenciosa de autorreproche e inculpación. No solo tenemos que cargar con el dolor de la herida, sino además con la sensación de culpa por habernos permitido ser frágiles y vulnerables – o simplemente por haber amado o habernos entregado.

Por supuesto, la idea de que nadie puede dañarnos o hacernos sentir inferior sin nuestro consentimiento genera la sensación de control, nos hace pensar que estamos al mando y que somos invulnerables. Nacida de una cultura que idolatra la autosuficiencia, promete que, si somos lo bastante fuertes, nada podrá afectarnos y que el dolor solo entrará si dejamos la puerta abierta.

Pero la vida no funciona así. No vivimos dentro de una burbuja blindada. Somos humanos, tenemos emociones, albergamos expectativas, entablamos relaciones y creamos vínculos, por lo que estamos continuamente expuestos a que los demás nos puedan lastimar. Nos afectan los gestos, las palabras y los silencios. No somos islas aisladas sino personas permeables.

Aceptar que las heridas forman parte de la vida

El trauma, la humillación o el rechazo no piden permiso. No hay un contrato previo ni una cláusula de aceptación. De hecho, una parte del sufrimiento emocional proviene precisamente de su imprevisibilidad. Nadie quiere que un amigo lo traicione cuando más lo necesita, que un superior lo ridiculice o que lo ignore la persona a quien ama.

Sin embargo, pretender escapar de las heridas del desamor, la pérdida, la humillación o la indiferencia es una quimera. No hay inmunidad posible sin aislamiento. Pero aislarse es una forma de anestesiarnos que acaba empobreciendo la vida.

Una alternativa más honesta a esa frase sería: “no puedo evitar que me hieran, pero puedo aprender a curarme”.

Aceptar que los demás pueden dañarnos no nos hace débiles, nos hace humanos. La exposición emocional es el precio a pagar por la conexión. Cada relación, ya sea de pareja, de amistad o laboral, entraña la posibilidad de ser herido de mil formas diferentes, algunas de las cuales incluso escapan de nuestro control, como la muerte de un ser querido.

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Una alternativa más realista: aprender a absorber el golpe

En lugar de repetir mantras imposibles, podemos adoptar una visión más práctica: el daño es inevitable, pero manejable. El objetivo no es blindarse, sino aprender a amortiguar su impacto. La madurez psicológica consiste precisamente en ser conscientes de que cada vínculo conlleva cierta dosis de vulnerabilidad: comprender que podría doler, pero que tenemos la capacidad de recomponernos. ¿Cómo lograrlo?

  1. Distinguir entre control y responsabilidad. No podemos controlar lo que dicen o hacen los demás, pero somos responsables de cómo nos cuidamos. No es lo mismo repetirnos: “no voy a dejar que nada me afecte” que saber qué hacer cuando algo nos afecte, podremos lidiar con ello.
  2. Practicar la autocompasión. En vez de recriminarte, trátate como tratarías a un amigo herido. No se trata de perdonar todo ni de justificar lo injustificable, sino de acompañarnos con cariño y bondad mientras atravesamos ese momento difícil.
  3. Transformar la herida en autoconocimiento. El sufrimiento no siempre culmina con una epifanía existencial. Sin embargo, podemos evitar que nos defina. Podemos aprender de lo ocurrido y resignificarlo para impedir que el dolor nos destruya por dentro.

Quizá ha llegado el momento de abrazar nuestra vulnerabilidad y mirar la vida de frente, asumiendo que no todo irá como nos gustaría y que no es culpa nuestra. Asumiendo que muchas cosas escapan de nuestro control y que podemos salir heridos y mal parados, pero siendo conscientes de que la vida va precisamente de reconstruirse cada día, no de encerrarse en una burbuja por miedo a vivir.

Fuente: https://rinconpsicologia.com/nadie-puede-danarte-sin-tu-consentimiento-frase-toxica/

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