Ayer con un cliente de coaching ejecutivo me planteaba que «siempre» iba corriendo porque quería llegar a todo. Y aquí surgió una de mis favoritas distinciones de coaching: la gente confunde rapidez con agilidad, lo mismo que puedes confundir ir más deprisa con ir con prisa, que no es exactamente lo mismo. La clave para distinguir una de otra depende del momento, del contexto en en cual estés actuando. Él sentía que era más rápido que ágil. Y ahí está la clave. Porque la rapidez no siempre es buena.
En todos mis cursos sobre gestión del tiempo y productividad , les planteo la misma pregunta ¿es mejor ser ágil o ser rápido? La agilidad como concepto incluye la rapidez, pero no se limita a ella. También incorpora algo fundamental: el cumplimiento del objetivo. La rapidez, en cambio, es únicamente eso: ir más rápido, sin que importe tanto hacia dónde te diriges. Y ese matiz marca la diferencia entre sentir que has trabajado mucho y, de verdad, haber avanzado en el cumplimiento de tus objetivos.
El mensaje oculto de la rapidez
Ir deprisa puede ser engañoso. Muchas personas miden su productividad por la velocidad a la que van: responder 50 correos en una hora, terminar una presentación en tiempo récord o presentar todos los tickets de gastos antes de que acabe el mes. Todo eso está bien, pero ser rápido no implica ser eficaz.
Puedes dedicarte una semana a resolver asuntos pequeños, sentirte satisfecho por la velocidad, y darte cuenta después de que ninguno de esos avances ha contribuido al verdadero objetivo que perseguías ( o incluso se alejan de tu propósito) .
La rapidez sin dirección es como correr en una cinta de gimnasio: te cansas, sudas, gastas energía… pero terminas en el mismo sitio donde empezaste. ¿y realmente quieres eso o quieres hacer otras cosas cada día que te ayuden a cumplir tu propósito de vida?
Por qué soy fan de la agilidad
La agilidad, en cambio, no es solo velocidad. Es velocidad con dirección, con un destino, con un propósito. Es saber cuándo apretar el paso y cuándo frenar, cuándo probar algo nuevo y cuándo mantener lo que funciona, o incluso cuando dejar de hacer algo. Siempre os digo que lo que más cuesta en los procesos de coaching es desaprender.
Un ejemplo sencillo:
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Rápido es contestar mails de manera automática con el único objetivo de “limpiar la bandeja de entrada”.
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Ágil es identificar qué mensajes realmente impactan en tus objetivos estratégicos y darles prioridad.
La agilidad consiste en adaptarte al contexto y decidir en qué mereces invertir tu energía. Ahora todo el mundo da importancia al contexto, tanto que hay gente que estudia lo que es la ingeniería de contexto antes de preguntar al chatbot.
El modelo de los “sprints” o cómo dar grandes pasos en muy poco tiempo
Aquí entra en juego la idea de trabajar con sprints. Frente a los grandes proyectos que parecen maratones interminables, los sprints permiten resolver problemas grandes en períodos cortos, con foco, aprendizaje continuo y resultados visibles en el corto plazo.
Si quieres trabajar con un modelo de sprint, debes aprender a diseñarlos bien. Y un sprint bien diseñado incluye varios elementos:
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Elegir un solo objetivo claro, conciso y entendible por todos. No cinco ni diez prioridades. Solo una, pero que sea crítica.
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Ejemplo: “aumentar en un 20 % los clientes que han comprado al menos una vez en dos semanas” es un objetivo de sprint.
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“Mejorar el marketing” no lo es. Hay que buscar objetivos SMART .
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Definir un decisor. Alguien que sea capaz de cortar radicalmente debates eternos e insista en avanzar. No siempre tiene que ser el jefe, pero sí alguien con autoridad para decidir. ( con alma de líder)
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Formar un equipo reducido. De tres a seis personas, máximo. Todos deben aportar valor y comprometerse durante el tiempo limitado que dura el sprint. Esto es como lo de tener una primera línea de más de 6 personas. Es difícil y a veces imposible tener un equipo de más de seis personas porque no puedes dedicar el tiempo que requieren de ti.
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Tener claro el objetivo final. ¿Cómo sabremos que hemos llegado a la meta que perseguíamos? ¿Qué significa éxito en este sprint? Si necesitas más de dos frases para explicarlo, no está claro. Y aquí de nuevo hago referencia a los objetivos Smart que nombré en los párrafos anteriores.
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Hacer visible el progreso, celebra los retos conseguidos. Ya sea con reuniones diarias de cinco minutos, un tablero online ( o aplicación de productividad tipo Asana o todoist) o una pizarra en la máquina de café. Lo importante es que todos sepan dónde están y qué falta, y que se celebren los logros intermedios.
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Probar, fallar y ajustar. Y celebrar. La perfección no es el objetivo. La exigencia permanente tampoco. Nos regimos por modelos de excelencia. Lo esencial es tener algo lo bastante bueno para testear, escuchar feedback y mejorarlo. Coincide plenamente con el famoso fine tunning del método Lean. No tengas miedo a desechar lo que no funciona.
El resultado: claridad en el proceso y avance en el cumplimiento de objetivos
Trabajar con sprints y con mentalidad ágil te da claridad en el proceso. Poner foco en un objetivo concreto elimina ruido, evita reuniones interminables ( y discusiones poco fructíferas ) y reduce la tentación de dispersarse. Además, convierte los posibles “fracasos” en aprendizajes rápidos.
No consiste en ser perfectos en todo momento sino saber discernir lo que funciona y lo que no para seguir adelante.
La rapidez por sí sola puede llevarte a no conseguir tu objetivo y a algo bastante peor: a tu agotamiento. La agilidad, en cambio, te conduce a resultados. No es casualidad que muchas empresas innovadoras utilicen metodologías ágiles: porque permiten adaptarse, corregir y avanzar sin esperar a que todo sea perfecto.
La próxima vez que pienses en tus objetivos, pregúntate:
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¿Estoy corriendo por correr?
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¿O estoy siendo ágil para llegar antes y mejor a lo que de verdad importa?
La rapidez puede impresionar, pero es la agilidad la que transforma.
Ahora la pregunta es para ti:
¿Qué elegirás mañana en tu vida y en tu trabajo: rapidez o agilidad?