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Decisiones en dos tiempos: separar exploración de compromiso.

por Fernando Del Vecchio
 

La mayoría de las malas decisiones no nacen de la falta de inteligencia, sino del diseño de la agenda. Cuando pensar y decidir ocurren en la misma reunión, el teatro invade la sala: se exponen datos para justificar posiciones ya tomadas, se improvisan preguntas para demorar o apurar la decisión, y todo termina en un “¿estamos todos de acuerdo?” que confunde consenso con criterio. El costo es altísimo: se congela el disenso, se sobreactúa la seguridad y nadie se hace dueño de la incertidumbre. Separar el proceso en dos tiempos -un momento para explorar y un momento para decidir- no es burocracia; es cirugía para lograr claridad.

El tiempo de exploración es un espacio con licencia para la duda. Su pregunta guía no es “¿aprobamos?”, sino “¿qué tendría que ser cierto para que esto valga la pena?”. Aquí el sparring estratégico actúa como guardián de la curiosidad disciplinada. No busca el “sí” ni el “no”, busca la calidad del “todavía no”. Se explicitan supuestos, se perfila el rango de resultados, se esbozan pequeñas pruebas y se define qué evidencia cambiaría una opinión razonable. El resultado no es una decisión, sino un mapa de condiciones: umbrales de valor, riesgos aceptables, señales de alerta y límites de salida. La exploración bien hecha baja el volumen de los egos porque pone los criterios por delante de las preferencias.

El tiempo de compromiso ocurre en otra mesa mental, aunque comparta la sala. Se entra a decidir con ese mapa ya acordado, no a improvisarlo. Ahí el CEO asume su rol de responsable final y firma, sabiendo que firma condiciones, no ilusiones. El sparring protege el corte entre fases asegurando trazabilidad: lo que se decide debe citar los criterios pactados. Si una nueva evidencia los modifica, se reconoce el cambio y se decide de nuevo; si no, se evita el deporte favorito de los comités, que es mover los arcos para que la pelota entre. La decisión deja de ser una performance y vuelve a ser un acto de gobierno responsable.

La separación de tiempos reduce sesgos porque le cambia el incentivo a la conversación. Durante la exploración, el error económico es bienvenido porque evita el error costoso; durante el compromiso, el foco está en el costo de equivocarse y en las condiciones de retirada. Cuando ambos estados se mezclan, triunfa el sesgo de confirmación: cada dato es usado para empujar una preferencia y cada objeción se vive como ataque. Cuando se distinguen y se separan, el desacuerdo temprano se vuelve una forma de cuidado y el consenso tardío, un síntoma de madurez.

En organizaciones complejas, esta disciplina también desactiva la teatralidad ejecutiva. El PowerPoint deja de ser un instrumento de persuasión para convertirse en un contrato de condiciones. El directorio deja de pedir certezas para pedir umbrales. Finanzas deja de exigir precisión ilusoria para exigir reglas de actualización. El equipo de Producto deja de “vender” el proyecto y pasa a “vender” la lógica de su aprendizaje. El lenguaje cambia y con él, la calidad del proceso. No es lo mismo decir “vamos a lanzar en Q3” que decir “iremos a Q3 si el costo de adquisición baja un 20% y la retención supera X en el piloto; de lo contrario, desinvertimos sin culpas”.

Separar los tiempos no ralentiza, sino que acelera de forma segura. Acelera porque evita vueltas defensivas, escaladas innecesarias y horas muertas en presentaciones que intentan resolver en una hora lo que exige dos conversaciones distintas. La velocidad aparece cuando cada fase sabe para qué existe. La reunión de exploración concentra la inteligencia; la reunión del compromiso concentra el coraje. Sin ese orden, la empresa corre rápidamente en círculos.

Hay un detalle cultural que hace toda la diferencia. En exploración se protege el derecho a cambiar de opinión; en compromiso se protege el deber de sostenerla hasta que la evidencia acordada indique lo contrario. Ahí vive la autoridad bien entendida: ni capricho que impone, ni plebiscito eterno que diluye. El sparring sostiene esa tensión. Señala cuando una objeción pertenece al tiempo anterior y cuando un entusiasmo quiere colarse sin pasar por caja. No actúa como policía del proceso; custodia la racionalidad.

Cuando dos tiempos gobiernan, la vulnerabilidad deja de ser defecto y se vuelve método. Un CEO que admite “todavía no lo sé” en la etapa de exploración, gana permiso para decir “ahora sí” en la etapa de compromiso. La organización aprende que el no definitivo puede ser un no de calendario y que el sí responsable trae condiciones explícitas. Entonces las reuniones se vacían de teatro, el disenso llega a tiempo, la evidencia pesa más que la retórica y la decisión deja de ser un acto de fe. Es el mismo equipo, con la misma información, pero con una arquitectura que le devuelve al liderazgo su activo más escaso: claridad para decidir sin fingir certeza.

Fuente: https://www.linkedin.com/pulse/decisiones-en-dos-tiempos-separar-exploraci%C3%B3n-de-fernando-del-vecchio-tztae/

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