por Juan Carlos Valda – jcvalda@grandespymes.com.ar
Hay una pregunta que define silenciosamente la calidad de vida de una persona y que, sin embargo, pocas veces se formula con honestidad: ¿qué tan claro soy con lo que quiero y qué tan dispuesto estoy a sostenerlo en el tiempo? No alcanza con desear algo en privado ni con imaginarlo en momentos de calma. La diferencia real se juega cuando ese deseo pide ser expresado, defendido y convertido en decisión, aun sabiendo que no siempre será cómodo ni bien recibido.
Ser asertivo con lo que quieres no es un rasgo de carácter ni un talento innato, es una práctica diaria que obliga a mirarte de frente y a asumir que nadie puede vivir por ti ni ordenar tu vida si tú no te animas a hacerlo primero. Muchas personas saben, en el fondo, qué quieren, pero eligen callarlo para evitar tensiones, decepciones o conflictos que temen no poder manejar. Ese silencio, que al principio parece prudente, con el tiempo se transforma en una carga pesada que erosiona la energía, la motivación y la sensación de sentido.
El costo de no ser asertivo rara vez se ve de inmediato, pero siempre se paga, en frustración acumulada, en enojo que no encuentra palabras, en la sensación de estar siempre corriendo detrás de una vida que no termina de sentirse propia. Cada vez que dices “sí” cuando por dentro sabías que era “no”, cada vez que aceptas una situación sólo para no incomodar, vas cediendo pequeños espacios de libertad que luego son difíciles de recuperar. No es una gran renuncia de una sola vez, sino una sucesión de concesiones mínimas que, juntas, terminan construyendo una vida ajena.
Existe además una confusión frecuente que conviene despejar cuanto antes, ser asertivo no es ser agresivo ni egoísta, y tampoco implica imponer tu voluntad sin considerar a los demás. La asertividad auténtica es la capacidad de expresar lo que quieres con claridad, respeto y firmeza, sin atropellar al otro y sin atropellarte a ti mismo. Es una posición adulta frente a la vida, en la que reconoces tus necesidades y deseos como legítimos, al mismo tiempo que aceptas que los demás tienen los suyos.
Cuando no eres asertivo, algo inevitable ocurre: el contexto empieza a decidir por ti, ya que la familia, el trabajo, las urgencias, las expectativas ajenas y hasta las circunstancias terminan ocupando el lugar que tú dejaste vacío. La vida no tolera indefiniciones prolongadas, y cuando no eliges con claridad, alguien más lo hará en tu nombre y no siempre con mala intención, pero casi nunca en función de lo que realmente te hace bien.
Detrás de esa dificultad para ser asertivo suelen esconderse miedos muy concretos. Miedo a decepcionar, a perder afecto, a generar conflicto, a equivocarse o a quedarse solo. Son miedos humanos y comprensibles, pero también son malos consejeros cuando se convierten en el criterio principal para decidir. El conflicto que evitas hoy no desaparece, sólo se posterga y suele reaparecer más adelante con más intensidad, más desgaste emocional y menos margen de maniobra.
Ser asertivo no significa dejar de tener miedo, sino aprender a no obedecerlo ciegamente, reconocerlo, entenderlo y aun así elegir desde un lugar más consciente. Cuando te animas a decir lo que quieres, aunque sea con voz temblorosa al principio, empiezas a recuperar una sensación de coherencia interna que ordena muchas otras áreas de tu vida. Las decisiones se vuelven más claras, las relaciones más honestas y el uso de tu tiempo más alineado con lo que consideras importante.
La asertividad tiene además un efecto colateral poderoso: actúa como un filtro natural. Las personas y situaciones que respetan tus límites tienden a quedarse, mientras que aquellas que se alimentaban de tu silencio suelen alejarse. Ese proceso, aunque duela, es profundamente sano porque te permite rodearte de vínculos más auténticos, donde no necesitas explicarte todo el tiempo ni justificar cada decisión que tomas.
Ahora bien, ser asertivo también implica asumir consecuencias, y este es un punto que muchos prefieren evitar ya que no todas las decisiones claras traen aplausos ni aprobación inmediata. Habrá puertas que se cierren y personas que no acompañen el camino que eliges, sin embargo, el costo de no asumir esas consecuencias suele ser mucho mayor, porque se paga con años de vida vividos a medias, con la sensación persistente de haber estado siempre postergándote.
La asertividad no promete comodidad permanente, pero sí ofrece algo mucho más valioso: coherencia. Vivir de manera coherente, aunque implique incomodidades temporales, genera una paz interna difícil de reemplazar, es la tranquilidad de saber que estás siendo fiel a lo que consideras importante, aun cuando el contexto no sea perfecto ni las condiciones ideales.
Muchas personas esperan el momento adecuado para empezar a ser asertivas, como si se tratara de una etapa futura en la que todo estará más claro y más ordenado y ese momento casi nunca llega porque la claridad se construye caminando, no esperando. La asertividad se entrena en decisiones pequeñas y cotidianas, en conversaciones honestas, en límites puestos a tiempo y en prioridades expresadas sin culpa.
No se trata de cambiar toda tu vida de un día para otro, sino de empezar a decir la verdad de manera progresiva y consciente. Decirte la verdad a ti mismo y animarte a compartirla con los demás, aun sabiendo que no siempre será cómoda porque cada vez que lo haces, fortaleces un músculo interno que te permite vivir con más autenticidad y menos resentimiento.
Ser asertivo con lo que quieres no te vuelve una persona dura ni inflexible, sino una persona entera, capaz de habitar su vida sin pedir permiso constantemente, es entender que agradar a todos tiene un precio demasiado alto y que la aprobación ajena no puede ser el eje sobre el cual se construye una vida con sentido.
La pregunta final, entonces, no es si puedes ser más asertivo, porque en el fondo sabes que sí. La pregunta verdadera es cuánto más estás dispuesto a postergarte antes de empezar a vivir con claridad, coherencia y respeto por lo que realmente quieres. La vida no se ordena sola ni espera eternamente. Se ordena cuando tú decides, con calma y firmeza, decir qué quieres, hasta dónde llegas y por dónde eliges seguir.