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Madurar es aprender a separar

Por Juan Carlos Valda · jcvalda@grandespymes.com.ar

Quizás una de las enseñanzas más importantes que deja la vida sea aprender a separar, es decir, a distinguir aquello que todavía nos suma de aquello que, sin que lo notemos, empezó a restarnos. Con el tiempo entendemos que nuestro tiempo, nuestra energía y nuestra esperanza son bienes limitados, y que sostener todo lo que alguna vez fue importante termina impidiéndonos cuidar lo que de verdad nos fortalece hoy.

Cuando somos jóvenes solemos creer que vivir es, sobre todo, acumular: más experiencias, más vínculos, más proyectos, más sueños. Renunciar nos cuesta porque sentimos que cada puerta que cerramos es una posibilidad que perdemos para siempre, y recién con los años descubrimos que no todo lo que podríamos conservar merece seguir ocupando un lugar en nuestra vida.

Madurar, entonces, no consiste solo en aprender qué incorporar, sino también en reconocer qué necesitamos dejar atrás para poder seguir avanzando.

Cuando lo bueno deja de ser bueno para nosotros

La vida rara vez se ordena con nitidez entre lo absolutamente bueno y lo completamente malo. Hay personas que nos hicieron felices en una etapa y, sin dejar de haber sido importantes, ya no pueden acompañarnos en la siguiente; hay trabajos que nos permitieron crecer hasta que, casi sin aviso, empezaron a limitarnos; y hay proyectos que nacieron de una ilusión y terminaron convirtiéndose en una carga. Incluso algunos sueños, que alguna vez expresaron lo mejor de nosotros, dejan de representar a la persona en la que nos fuimos convirtiendo.

Aceptarlo cuesta, porque solemos creer que, si algo fue bueno alguna vez, debería seguir siéndolo para siempre; sin embargo, agradecer lo vivido nunca nos obliga a permanecer atados a ello.

Una relación puede haber sido profundamente valiosa y, aun así, haber llegado a su final; un trabajo puede habernos dado experiencia, seguridad y reconocimiento y, al mismo tiempo, haber dejado de ofrecernos espacio para crecer. Lo mismo ocurre con un proyecto que tuvo todo el sentido del mundo al comenzar y fue perdiéndolo a medida que cambiaban las circunstancias o nuestras prioridades.

Reconocer que algo terminó no equivale a negar su valor, sino a comprender que cada etapa tiene su tiempo y que prolongarla de manera artificial puede transformar un recuerdo hermoso en una experiencia dolorosa.

Aprender a reconocer lo que nos debilita

Hay situaciones que no nos derrumban de un día para otro, sino que nos debilitan de a poco, casi sin que lo advirtamos. Aparecen en una conversación que siempre nos deja peor de lo que estábamos, en un vínculo donde tenemos que pedir permiso para ser quienes somos, en un trabajo que consume nuestra energía sin devolvernos propósito o en un esfuerzo al que seguimos destinando recursos solo porque ya invertimos demasiado como para abandonarlo.

Muchas veces no seguimos ahí porque estemos bien, sino porque nos asusta admitir que algo dejó de funcionar; nos aferramos a lo conocido incluso cuando nos lastima, porque la incertidumbre de soltar parece más amenazante que el dolor conocido de continuar.

En esos momentos conviene hacernos una pregunta sencilla, aunque profundamente incómoda: ¿esto que sostengo me fortalece o me debilita?

La pregunta no busca saber si todo resulta fácil, agradable o perfecto, porque aquello que nos fortalece también puede exigirnos, incomodarnos y obligarnos a crecer. La diferencia está en otro lado: después del esfuerzo, lo que nos fortalece nos deja la sensación de haber avanzado, mientras que lo que nos debilita nos vacía, nos reduce y nos aleja, de a poco, de la persona que queremos ser.

Personas que acompañan y personas que retienen

Aprender a separar también alcanza a las personas, y este es, probablemente, uno de los aprendizajes más dolorosos, porque los vínculos no se ordenan con razonamientos fríos: están hechos de recuerdos, afectos, lealtades, culpas y promesas.

Hay personas que nos ayudan a crecer incluso cuando nos dicen lo que no queremos escuchar, que nos respetan, celebran nuestros avances y permanecen cerca sin pretender controlarnos. También existen vínculos que se sostienen apenas por costumbre, por dependencia o por miedo a la soledad, y que nos obligan a bajar nuestra luz para no incomodar, a justificar todo el tiempo nuestras decisiones o a renunciar a una parte de nosotros con tal de conservar al otro.

Soltar a una persona no siempre significa dejar de quererla; a veces significa comprender que querer, por sí solo, no alcanza para construir un vínculo sano. Podemos agradecer lo compartido y reconocer lo aprendido y, aun así, aceptar que seguir juntos nos hace daño.

Pocas personas están destinadas a acompañarnos durante toda la vida; muchas llegan para recorrer un tramo con nosotros, dejarnos algo y seguir su camino. Empeñarnos en convertir cada encuentro en algo permanente puede impedirnos, justamente, valorar la función que ese encuentro cumplió en nuestra historia.

También conviene revisar nuestros sueños

Nos enseñaron a no abandonar nuestros sueños, aunque pocas veces nos explicaron que algunos sueños necesitan ser revisados. Persistir es una virtud mientras aquello que perseguimos conserva sentido, pero se convierte en obstinación cuando seguimos avanzando únicamente para no admitir que cambiamos.

Hay sueños que pertenecen, en realidad, a una versión anterior de nosotros mismos: nacieron para demostrar algo, para satisfacer expectativas ajenas o para reparar una herida que hoy ya cerró. Seguir persiguiéndolos puede alejarnos de deseos más auténticos que todavía no nos animamos a nombrar.

Dejar un sueño no siempre es rendirse; a veces es, apenas, un acto de honestidad con quienes somos ahora. La pregunta, entonces, no debería girar solo en torno a cuánto esfuerzo invertimos, sino en torno a cuánto sentido conserva todavía, porque el tiempo dedicado explica por qué algo nos importa, aunque no alcanza para justificar que debamos sostenerlo para siempre.

Soltar no es tirar: es hacer lugar

Existe una diferencia enorme entre abandonar de manera irresponsable y soltar de manera consciente. Abandonamos cuando escapamos de una dificultad que deberíamos enfrentar, mientras que soltamos cuando, después de haber intentado, comprendido y aprendido, reconocemos que insistir ya no nos lleva hacia ningún lugar que valga la pena.

Soltar tampoco borra la historia ni vuelve inútil lo vivido. Cada trabajo, cada proyecto, cada relación y cada sueño que dejamos atrás forma parte de nuestra construcción personal: nos enseñó algo, nos mostró nuestros límites, reveló nuestras necesidades o nos ayudó a descubrir lo que de verdad deseábamos.

Por eso soltar no debería vivirse solamente como una pérdida, sino también como una manera de hacer espacio, ya que, mientras seguimos aferrados a lo que terminó, nuestras manos permanecen ocupadas y no quedan libres para recibir algo nuevo.

Elegir es aceptar que no podemos quedarnos con todo

La vida nos obliga a elegir porque nuestro tiempo, nuestra energía y nuestra capacidad emocional son limitados. Todo lo que sostenemos ocupa un lugar, todo compromiso que asumimos desplaza otra posibilidad y todo vínculo que alimentamos consume una parte de nuestra atención.

Nadie puede perseguir todos los sueños, sostener todos los proyectos, conservar todos los trabajos y acompañar a todas las personas al mismo tiempo. Pretenderlo no nos vuelve más generosos ni más perseverantes; por lo general, apenas nos deja agotados y dispersos.

Elegir significa decidir qué merece una parte de nuestra vida, y esa decisión no siempre será comprendida por los demás ni estará libre de dudas. Vivir de acuerdo con nuestras verdaderas prioridades exige, precisamente, tolerar la incomodidad de dejar algunas cosas afuera.

La sabiduría de quedarse con lo esencial

Con los años comprendemos que una buena vida no se construye acumulando sin criterio, sino eligiendo con mayor conciencia. Nos quedamos con las personas junto a las cuales podemos ser quienes somos, con los trabajos que nos permiten aportar y crecer, con los proyectos que conservan sentido y con los sueños que todavía nos hacen brillar los ojos.

También aprendemos a despedirnos de lo que ya cumplió su ciclo, y es probable que la vida nunca deje de ponernos frente a esa tarea: una y otra vez tendremos que revisar, distinguir, elegir y soltar. Rara vez acertaremos del todo, y algunas decisiones nos dolerán durante mucho tiempo; sin embargo, cada vez que separamos lo que nos fortalece de aquello que nos debilita, recuperamos una parte de nuestra libertad.

Al final, madurar puede ser exactamente eso: aprender a cuidar lo que vale la pena, agradecer lo que alguna vez nos hizo bien y reunir el coraje de dejar atrás lo que ya no pertenece al camino que elegimos recorrer.

Puedes leer más artículos de Juan Carlos Valda en https://grandespymes.ar/category/articulos-propios/

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