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Lo que no te enseñan en la universidad: escuchar antes de hablar y asesorar

Por Juan Carlos Valda · jcvalda@grandespymes.com.ar

El profesional llega a la empresa con la carpeta preparada, algunas hipótesis ya armadas en la cabeza y varias herramientas listas para proponer. A los quince minutos de conversación cree haber comprendido qué le ocurre a esa Pyme, porque reconoció un patrón que estudió muchas veces y que efectivamente aparece en numerosas empresas. Sale de la reunión conforme, prepara una propuesta impecable y, algunas semanas después, descubre que nadie la implementó, que el entusiasmo inicial del empresario se apagó en el camino o que el problema verdaderamente importante era otro y nunca llegó a nombrarse en aquel primer encuentro.

La universidad puede enseñarte a calcular costos, interpretar balances, diseñar estructuras, analizar mercados, elaborar diagnósticos y construir planes estratégicos, además de brindarte modelos, herramientas y marcos conceptuales que resultarán indispensables durante toda tu vida profesional. Sin embargo, existe una capacidad decisiva para trabajar con empresarios Pyme que pocas veces ocupa un lugar central en los programas académicos, y consiste en aprender a escuchar antes de comenzar a explicar lo que debería hacerse.

El conocimiento técnico resulta necesario, aunque rara vez alcanza por sí solo. Puedes dominar una metodología, conocer las mejores prácticas de gestión y haber estudiado cientos de casos, pero si no comprendes verdaderamente a la persona que tienes delante corres el riesgo de ofrecer una solución correcta para un problema que la empresa no tiene, no reconoce o todavía no está en condiciones de enfrentar. Asesorar no consiste solamente en saber más, sino en comprender mejor aquello que ocurre dentro de una organización concreta, con su historia, su gente y sus límites reales.

El riesgo de enamorarse de la propia respuesta 

Quien estudia una carrera vinculada con la gestión suele ser entrenado para encontrar respuestas, de modo que frente a un problema aprende a analizarlo, clasificarlo, relacionarlo con algún modelo y proponer una solución. Esa lógica funciona muy bien en un examen, donde el caso está redactado, las variables aparecen ordenadas y existe información suficiente para llegar a una conclusión, aunque la realidad de una Pyme casi nunca se presenta con esa prolijidad.

El empresario no siempre explica con precisión lo que le ocurre, entre otras razones porque él mismo forma parte del problema que intenta describir. Puede decir que necesita vender más cuando en realidad pierde rentabilidad en cada operación; puede afirmar que su equipo no se compromete cuando nunca definió con claridad qué espera de cada persona; quizás sostenga que necesita financiamiento, aunque la dificultad central esté en una deficiente administración del capital de trabajo, o pida un organigrama cuando el verdadero conflicto se encuentra en relaciones de poder que nadie se anima a conversar. Quien escucha superficialmente toma ese pedido inicial como diagnóstico, mientras que quien escucha profesionalmente entiende que apenas se trata de la puerta de entrada.

El asesor apresurado empieza a hablar apenas reconoce un tema conocido: escucha la palabra “delegación” y ya prepara una capacitación, oye “costos” y ofrece un sistema, y ante la mención de una empresa familiar piensa de inmediato en un protocolo. Su experiencia le permite identificar patrones con rapidez, aunque esa misma experiencia puede llevarlo a creer que sabe lo que ocurre antes de haber comprendido suficientemente el caso. La experiencia es valiosa cuando ayuda a formular mejores preguntas, y se vuelve un riesgo cuando reemplaza la necesidad de preguntar.

Escuchar no significa permanecer en silencio 

Existe una diferencia importante entre oír, guardar silencio y escuchar de verdad, porque una persona puede dejar hablar al empresario mientras internamente prepara la respuesta que ofrecerá apenas aparezca una pausa; en ese caso no está escuchando, está esperando su turno. La escucha profesional requiere atención, curiosidad y disciplina, ya que implica observar qué dice la persona, cómo lo dice, qué evita mencionar y qué contradicciones aparecen en su relato, además de distinguir con cuidado los hechos de las interpretaciones.

Cuando un empresario afirma que “nadie toma decisiones”, conviene profundizar antes de aceptar esa frase como una descripción de la realidad, preguntando qué decisiones deberían tomarse, si esos límites alguna vez se definieron, qué ocurrió la última vez que alguien resolvió sin consultarlo, si el dueño tolera decisiones diferentes de las que él habría tomado y si la empresa premia la iniciativa o castiga el error. Cada respuesta permite abandonar las generalidades y acercarse al funcionamiento real de la organización.

Escuchar bien también significa ayudar al otro a ordenar su propio pensamiento. Muchas veces, mientras responde preguntas, el empresario descubre relaciones que no había advertido, comprende que el problema no comenzó donde creía, que una decisión tomada años atrás produjo consecuencias inesperadas o que está exigiendo a su equipo algo que nunca enseñó ni definió con claridad. En esos momentos el asesoramiento ya comenzó, aun cuando todavía no se haya ofrecido ninguna recomendación. 

La Pyme no es un caso de estudio 

Uno de los mayores errores profesionales consiste en tratar a una empresa como si fuera un conjunto de variables técnicas separadas de las personas que la construyeron. En una Pyme, las decisiones suelen estar atravesadas por historias, afectos, temores y experiencias acumuladas que no figuran en ningún informe: el sistema de autorización que hoy parece burocrático puede haber surgido después de una pérdida importante, la resistencia del fundador a delegar puede estar relacionada con una traición sufrida años atrás, y la incorporación de un hijo puede tener implicancias empresariales, familiares y emocionales que ningún organigrama refleja.

Esto no significa renunciar al análisis técnico ni justificar cualquier conducta, sino comprender que las soluciones deben funcionar dentro de una realidad humana concreta. Una recomendación puede ser impecable desde el punto de vista conceptual y fracasar en la práctica si ignora la cultura, la historia o el grado de madurez de la organización, de manera que no alcanza con indicar qué debería hacerse: también hace falta entender qué condiciones necesitan construirse para que la empresa pueda hacerlo. El consultor, gerente o profesional que llega con una solución cerrada probablemente encuentre resistencia, mientras que quien comienza comprendiendo el contexto está en condiciones de diseñar un proceso posible.

Preguntar antes de recomendar 

Las mejores preguntas evitan exhibir inteligencia y buscan generar comprensión. Antes de sugerir una solución conviene conocer qué intentó la empresa, qué resultados obtuvo y por qué considera que esos intentos no funcionaron, además de descubrir quiénes están involucrados, quiénes podrían verse afectados y qué intereses existen detrás de cada posición, porque muchas veces la resistencia posterior nace justamente de allí.

Una pregunta aparentemente sencilla como “¿qué cambiaría concretamente si este problema estuviera resuelto?” puede modificar toda la conversación, ya que obliga a definir el resultado esperado y evita seguir trabajando sobre conceptos vagos. Del mismo modo, preguntar “¿qué estás dispuesto a modificar para lograrlo?” permite evaluar si existe una verdadera voluntad de cambio o solamente el deseo de que cambien los demás, que suele ser una situación bastante distinta y con consecuencias muy diferentes para el trabajo que viene después.

El buen asesor evita interrogar de manera mecánica y construye una conversación en la cual cada pregunta surge de lo que acaba de escuchar, utilizando esas preguntas para comprender relaciones, causas y consecuencias en lugar de completar un cuestionario. La calidad de una recomendación depende, en gran medida, de la calidad de las preguntas que la precedieron. 

Asesorar no es imponer 

Quien asesora puede caer con facilidad en una posición de superioridad, porque tiene conocimientos específicos, maneja conceptos que el cliente desconoce y observa la empresa desde una distancia que le permite ver problemas naturalizados por quienes trabajan allí todos los días. Esa ventaja resulta real y valiosa, aunque se convierte en un obstáculo apenas se transforma en soberbia.

El empresario conoce aspectos de su negocio que ningún asesor puede aprender en unas pocas reuniones, porque sabe cómo reaccionan sus clientes, qué acuerdos informales sostienen la operación, qué personas poseen conocimientos críticos y cuáles son las limitaciones reales de la empresa. Puede carecer de una metodología para ordenar ese conocimiento, aunque eso está muy lejos de significar que carezca de criterio. El trabajo profesional surge justamente de combinar dos saberes: el conocimiento técnico del asesor y el conocimiento profundo que el empresario tiene de su organización.

Una solución construida en conjunto genera comprensión, compromiso y capacidad de implementación, mientras que una solución simplemente entregada tiene muchas posibilidades de terminar como otro informe guardado en un cajón. Asesorar implica decir lo que debe ser dicho, incluso cuando resulta incómodo, aunque también exige hacerlo de una manera que le permita al otro escucharlo, porque la franqueza sin empatía puede transformarse en agresión y la empatía sin franqueza termina produciendo conversaciones agradables que no modifican nada. El verdadero desafío consiste en sostener al mismo tiempo claridad, respeto y firmeza.

La escucha como ventaja profesional 

En un contexto donde muchas personas intentan demostrar rápidamente cuánto saben, quien sabe escuchar se diferencia sin necesidad de anunciarlo. Escuchar permite detectar el problema que se esconde detrás del problema declarado, comprender la disposición real al cambio y evitar recomendaciones genéricas, además de fortalecer la confianza, porque el empresario percibe que no está frente a alguien decidido a venderle una receta, sino ante un profesional interesado en entender su realidad.

Esa confianza surge de hacer preguntas pertinentes, recordar detalles importantes, reconocer matices y demostrar que cada recomendación se relaciona con lo que la empresa necesita, y de ninguna manera de hablar más que el otro. Paradójicamente, cuanto más escucha un buen asesor, mayor valor adquieren sus palabras, ya que cuando finalmente habla deja de repetir conceptos de manual y comienza a interpretar, conectar y proponer a partir de una realidad que efectivamente comprendió.

La universidad puede brindarte herramientas extraordinarias y la experiencia puede ayudarte a reconocer patrones y anticipar consecuencias, aunque trabajar con Pymes exige desarrollar una capacidad que ningún título garantiza y que consiste en acercarte a la empresa sin creer que ya la conoces. Comprender antes de diagnosticar, preguntar antes de recomendar y escuchar antes de explicar son mucho más que gestos de modestia profesional, porque constituyen la manera concreta de lograr que aquello que propongas tenga alguna posibilidad real de transformarse en decisiones. Allí, y no en el momento de la recomendación, comienza el verdadero asesoramiento.

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