Por Juan Carlos Valda – jcvalda@grandespymes.com.ar
Durante más de diez años llevé escritas sobre mi pecho tres palabras a las que, en aquel momento, nunca les presté demasiada atención: Fe, Voluntad y Acción.
Formaban parte del escudo del colegio en el que cursé mis estudios primarios y secundarios. Estaban presentes en el uniforme, en las carpetas, en los actos escolares y en muchos de los documentos que acompañaron una etapa fundamental de mi vida. Las veía todos los días, aunque en realidad no las miraba. Las repetía, aunque todavía no alcanzaba a comprenderlas.
Eran, para mí, simplemente el lema de la institución.
Muchos años después, luego de haber atravesado diferentes experiencias personales, profesionales y empresariales, comencé a descubrir que aquellas tres palabras contenían una verdadera filosofía de vida. No se trataba solamente de una expresión institucional ni de una frase bien elegida para colocar debajo de un escudo. Había allí una secuencia profundamente humana, capaz de explicar por qué algunas personas consiguen avanzar a pesar de las dificultades, mientras que otras, aun teniendo condiciones, conocimientos y oportunidades, quedan detenidas.
Hoy, cuando converso con emprendedores y empresarios PYME, comprendo con mucha más claridad la dimensión de aquel mensaje. También descubro hasta qué punto esas palabras nos marcan, incluso cuando todavía no somos conscientes de ello.
La fe permite comenzar antes de tener certezas
Cuando hablo de fe, no me refiero exclusivamente a su significado religioso, sino a la capacidad de creer en algo que aún no existe, pero que sentimos que puede ser construido.
Todo emprendimiento comienza de esa manera. Antes del primer cliente, de la primera venta, del primer colaborador o del primer resultado concreto, existe una persona que cree. Alguien imagina una posibilidad que todavía no es visible para los demás y decide confiar en ella.
El emprendedor tiene fe cuando apuesta por una idea que nadie puede garantizarle que funcionará. El empresario la necesita cuando atraviesa una crisis y debe tomar decisiones sin contar con toda la información que desearía. También la necesita cuando decide delegar, incorporar personas, profesionalizar su organización o dejar atrás determinadas prácticas que alguna vez fueron útiles, pero que ya no responden a las necesidades actuales.
La fe empresarial no consiste en negar la realidad ni en pensar que todo saldrá bien por el solo hecho de desearlo. Consiste en reconocer las dificultades sin permitir que ellas destruyan nuestra confianza en la posibilidad de superarlas.
He conocido empresarios técnicamente muy preparados, con buenos productos y mercados interesantes, que dejaron de avanzar porque perdieron la confianza en sí mismos. Cada problema comenzó a parecerles una amenaza definitiva y cada decisión se convirtió en una fuente de temor. No les faltaba inteligencia ni experiencia; les faltaba recuperar la convicción de que todavía podían construir algo diferente.
La fe abre la puerta, pero por sí sola no alcanza.
La voluntad sostiene lo que la fe inicia
Creer que algo es posible puede encender el entusiasmo inicial, aunque ese entusiasmo inevitablemente será puesto a prueba. Todo proyecto atraviesa momentos en los que los resultados tardan, las dificultades se acumulan y las energías comienzan a disminuir.
Allí aparece la voluntad.
La voluntad es la capacidad de continuar cuando la motivación ya no resulta suficiente. Es la fuerza que permite mantener una decisión, cumplir un compromiso y aceptar que los procesos importantes no siempre producen recompensas inmediatas.
En el mundo empresario existe una enorme cantidad de buenas intenciones. Muchos dueños saben que deberían delegar, ordenar sus procesos, analizar la rentabilidad, mejorar la comunicación o dedicar más tiempo a dirigir. El problema no suele ser la falta de conciencia, sino la dificultad para sostener los cambios cuando estos exigen abandonar costumbres, enfrentar resistencias o atravesar cierta incomodidad.
La voluntad no debe confundirse con la obstinación. Ser voluntarioso no significa insistir eternamente por el mismo camino, sino mantener firme el propósito mientras se revisan y ajustan las formas de alcanzarlo.
Un empresario puede cambiar su estrategia sin abandonar su sueño. Puede reconocer que una decisión fue equivocada sin renunciar al proyecto. Puede modificar un producto, desprenderse de un cliente inconveniente o reorganizar su equipo sin interpretar esos movimientos como una derrota.
La voluntad permite comprender que el camino no siempre será recto, aunque eso no significa que debamos dejar de caminar.
La acción convierte las intenciones en realidad
Existe, finalmente, una palabra que resulta decisiva: acción.
Podemos tener fe en nuestro proyecto y voluntad para sostenerlo, pero nada cambiará mientras no tomemos decisiones concretas. La acción es el momento en el que las ideas abandonan el terreno de las posibilidades y comienzan a transformar la realidad.
Este es uno de los desafíos más frecuentes que observo en emprendedores y empresarios. Algunos analizan demasiado, esperan condiciones ideales o intentan eliminar todos los riesgos antes de avanzar. Otros permanecen atrapados en reuniones, conversaciones y proyectos que nunca terminan de traducirse en responsabilidades, fechas y resultados.
En una empresa no alcanza con comprender lo que debería hacerse. Tampoco alcanza con declarar que algo es importante. Toda prioridad que no se convierte en una acción concreta termina siendo solamente una expresión de deseo.
Actuar no significa lanzarse de manera improvisada ni confundir movimiento con progreso. Hay empresarios que están permanentemente ocupados y, sin embargo, no avanzan en los asuntos verdaderamente relevantes. Trabajan muchas horas, resuelven urgencias y toman innumerables decisiones operativas, aunque postergan aquellas acciones capaces de modificar el futuro de la organización.
La acción valiosa necesita dirección. Debe estar vinculada con un propósito, apoyada por la voluntad y guiada por una convicción.
Las tres palabras se necesitan mutuamente
Con los años comprendí que el verdadero valor de aquel lema no estaba solamente en cada palabra, sino en el orden y en la relación que existía entre ellas.
La fe permite imaginar. La voluntad ayuda a perseverar. La acción hace posible transformar.
Cuando falta fe, la persona puede actuar, pero lo hace sin confianza y abandona fácilmente ante las primeras dificultades. Cuando falta voluntad, el entusiasmo inicial se diluye apenas aparecen los obstáculos. Cuando falta acción, las ideas pueden ser extraordinarias, aunque nunca llegan a convertirse en resultados.
Las tres forman una secuencia inseparable. La fe responde a la pregunta “¿creo que es posible?”. La voluntad nos enfrenta con “¿estoy dispuesto a sostener el esfuerzo necesario?”. La acción nos obliga a definir “¿qué voy a hacer concretamente para avanzar?”.
Estas preguntas son fundamentales para cualquier empresario, especialmente en contextos inciertos, porque no podemos controlar todo lo que sucede alrededor de la empresa. No controlamos completamente la economía, el comportamiento de los clientes, la aparición de competidores ni los cambios del mercado. Sin embargo, podemos trabajar sobre nuestras convicciones, nuestras decisiones y nuestra capacidad de actuar.
El significado que aparece con el tiempo
Resulta curioso descubrir que algunas enseñanzas necesitan permanecer muchos años dentro de nosotros antes de revelar su verdadero significado. A veces las recibimos cuando todavía no contamos con las experiencias necesarias para comprenderlas.
Durante mi infancia y adolescencia llevé aquellas palabras en el uniforme sin imaginar que, décadas más tarde, formarían parte de las conversaciones que tendría con empresarios y emprendedores. Tampoco podía saber que terminarían ayudándome a interpretar muchas historias empresariales, incluso mi propio recorrido profesional y personal.
Hoy entiendo que aquel escudo no hablaba solamente de cómo estudiar o comportarse dentro de una institución. Hablaba de la vida. Hablaba de creer antes de ver, de perseverar cuando el camino se vuelve exigente y de asumir que ninguna transformación ocurre sin decisiones y acciones concretas.
Quizás todos llevamos alguna frase, consejo o enseñanza que todavía no hemos terminado de comprender. Puede haber quedado guardada en nuestra memoria esperando que la vida nos brinde el contexto necesario para descubrirla.
En mi caso fueron tres palabras sencillas que estuvieron durante más de diez años escritas sobre mi pecho y que tardaron mucho tiempo en llegar verdaderamente a mi conciencia.
Fe para creer que es posible. Voluntad para sostener el camino. Acción para convertir esa posibilidad en realidad.
Ahora entiendo que no era solamente el lema de mi colegio. Era una manera de afrontar la vida.