por Jennifer Delgado Suárez
Para mis abuelas, lo único que valía el calificativo de “urgente” era una situación de vida o muerte. Literalmente. Sin eufemismos y sin margen de maniobra. Para una generación que había sido zarandeada duramente por la vida y que pensaba que “lo único que no tiene remedio es la muerte”, los límites entre lo significativo y lo intrascendente, lo perentorio y lo trivial eran muy diáfanos.
Yo heredé esa visión de la urgencia, que ahora entra en conflicto con generaciones para las cuales todo parece urgente, inaplazable, prioritario, vital… Personas que reclaman atención y acción inmediata para cosas que podrían realizarse perfectamente dentro de un mes sin que pasase absolutamente nada.
El problema de vivir en ese estado de emergencia existencial es que cuando todo es urgente, nada lo es. Cuando todo parece importante, se pierde de vista lo relevante en la vida. Y no es una buena noticia.
El origen de la urgencia moderna
Notificaciones, correos, mensajes, llamadas, reuniones, plazos ajustados… Todo parece reclamar nuestra atención ahora mismo. Todo nos empuja a actuar inmediatamente, movidos por una sensación de urgencia que flota en el aire.
Esa tendencia a etiquetar todo como “urgente” tiene raíces culturales y tecnológicas. La comunicación instantánea ha creado la ilusión de que responder rápido es sinónimo de eficiencia y responsabilidad. Las redes sociales amplifican ese efecto: un mensaje no contestado se percibe como un fallo moral, una oportunidad perdida o quedarse fuera del radar social.
Muchas empresas y entornos educativos alimentan ese modo reactivo instantáneo. Se premia la capacidad de “apagar fuegos” y se ignora la planificación a largo plazo. Eso acaba condicionando nuestra mente: el cerebro empieza a interpretar cualquier estímulo como urgente – aunque no lo sea.
Por otra parte, el relativo bienestar del que hemos disfrutado en las últimas décadas también ha contribuido a desvirtuar nuestra perspectiva de la urgencia. Se dice que “a una generación sin tragedia no le queda más que la sobreactuación”. Y es cierto. Cuando no tienes grandes problemas en la vida, que la entrega del cojín que has comprado se retrase un día se convierte en un drama shakesperiano.
Y lo peor de todo es que nos lo creemos – y pretendemos que quienes nos rodean también respondan con esa misma celeridad y apremio.
Las consecuencias psicológicas de banalizar la urgencia
Cuando usamos la palabra “urgente” para cualquier cosa, su significado se diluye y nuestro sistema emocional se resiente. Con el tiempo, esa sobrecarga de falsas urgencias altera nuestra percepción: todo parece crítico. Perdemos la capacidad de distinguir lo urgente de lo importante e incluso de lo intrascendente y perfectamente aplazable. Así acabamos catalogando todo lo que sucede como si fuera un aviso de la NASA de que se aproxima un meteorito que destruirá la humanidad.
- Estrés constante. Cada correo, mensaje o tarea etiquetada como urgente activa nuestro sistema de alarma. Nuestro cerebro interpreta que estamos bajo amenaza, liberando cortisol y adrenalina de forma continua. A largo plazo, ese estado de alerta genera un estrés crónico, dificulta la concentración y afecta nuestra salud física y mental.
- Agotamiento y procrastinación. Paradójicamente, tratar todo como urgente puede bloquearnos. Al inicio podemos responder bien, pero con el tiempo la avalancha de “crisis” nos satura y paraliza. Comenzamos a postergar tareas porque ni siquiera sabemos por dónde empezar o porque la presión que implica tener que afrontar todo nos supera.
- Devaluación de lo realmente crítico. Cuando cualquier tarea se percibe como vital, nuestra capacidad de respuesta ante situaciones verdaderamente urgentes disminuye. Emergencias reales, como problemas de salud, conflictos graves o amenazas potencialmente desestabilizadoras no recibirán la atención que merecen simplemente porque estamos ocupados apagando “fuegos menores”.
- Relaciones tensas y comunicación conflictiva. La urgencia constante genera expectativas poco realistas hacia los demás. Esperamos respuestas inmediatas y que nos prioricen constantemente, como si estuviéramos en una situación de vida o muerte. Cuando no ocurre, nos sentimos frustrados o incluso traicionados. Familiares, colegas o amigos pueden sentirse muy presionados o culpabilizados sin necesidad, lo que acabará generando conflictos y deteriorando los vínculos.
- Pérdida de perspectiva. Cuando todo lo cotidiano se vuelve urgente, lo importante queda relegado a un segundo o tercer plano porque desarrollamos una especie de miopía vital. Proyectos importantes a largo plazo, planes personales o incluso el autocuidado se posponen. Eso puede sumirnos en un bucle de decisiones impulsivas, soluciones a medias y una sensación permanente de improvisación, que a la larga compromete nuestra eficacia y bienestar.
Por tanto, pensar que todo es urgente no es solo un problema semántico, es un patrón de percepción y conducta que genera estrés, reduce la productividad y altera nuestra capacidad para priorizar lo que realmente importa y marca la diferencia.
Si retomásemos la visión de la urgencia que tenían nuestras abuelas, probablemente viviríamos mucho más relajados gracias a una perspectiva más equilibrada. La buena noticia es que podemos reentrenar nuestra percepción para aprender a jerarquizar adecuadamente. La regla básica es bastante simple: casi nada es realmente urgente.
Solo deberíamos considerar urgente aquello que, si no se atiende de inmediato, puede tener consecuencias graves o irreversibles. Esto incluye, por ejemplo, situaciones de vida o muerte, daños físicos inmediatos, riesgos legales críticos o pérdidas económicas significativas que puedan desestabilizar nuestra vida.
¿Cómo aplicarlo en el día a día?
- Respira antes de reaccionar. Cuando sientas que algo es urgente, respira profundo y pregúntate: ¿Qué pasará si no lo hago ahora mismo? Spoiler: probablemente no pasará nada.
- Clasifica las tareas según su impacto real. Divide las cosas que tienes que hacer en tres categorías: “crítico”, “importante” y “puede esperar”. Sorpresa: la mayoría de las cosas que percibimos o que nos dicen que son urgentes realmente entran en la última categoría, muchas veces ni siquiera son importantes.
- Establece límites claros. El hecho de que aprendas a separar lo urgente de lo aplazable no significa que todo el mundo a tu alrededor lo haga. La gente seguirá presionándote por cosas “urgentes” que necesitan para ayer. Por eso, es importante que tengas claro que no todo merece tu disponibilidad inmediata y que estés dispuesto a defenderlo. Aprender a decir “ahora no” es un acto de autocuidado para proteger tu equilibrio y paz interior.
Por último, pero no por ello menos importante, haz un ejercicio de introspección retrospectiva. O sea, mira atrás y busca situaciones que en su momento te parecieron urgentes. Probablemente muchas se resolvieron igual de bien sin tu intervención inmediata o más tarde te diste cuenta de que no eran tan importantes como pensabas.
Lo urgente, en realidad, es raro. Y así debería ser porque no estamos hechos para vivir en un estado de emergencia constante. Saber diferenciar lo que realmente merece nuestra atención inmediata nos devuelve el control sobre nuestro tiempo y nuestra vida. Y eso puede marcar una enorme diferencia en nuestra manera de responder ante el mundo.
Fuente: https://rinconpsicologia.com/dejar-pensar-todo-es-urgente/