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Mientras intentas controlar lo imposible, tu empresa se descontrola por dentro

Mientras intentas controlar lo imposible, tu empresa se descontrola por dentro

Por Juan Carlos Valda – jcvalda@grandespymes.com.ar

Hay una frase que me gusta mucho, y que no viene de un gurú del management, sino de un filósofo estoico que vivió hace dos mil años: “La tranquilidad comienza cuando aprendemos a distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no.” Epicteto no tenía una empresa, ni planillas de Excel, ni clientes morosos; pero entendía algo que muchos empresarios aún no han aprendido: el poder de poner la energía en lo que uno puede controlar.

Si hay un territorio donde esta idea se vuelve vital, es el mundo de las PYMES. Cada día, el empresario se enfrenta a una montaña de factores externos: inflación, impuestos, tipo de cambio, competencia, regulaciones, proveedores que no cumplen, clientes que prometen y no pagan. Es un desfile constante de cosas que no dependen de él. El problema no es que existan, sino que las vive como si pudiera dominarlas. Se desgasta emocionalmente tratando de torcer realidades que no están a su alcance, mientras descuida las decisiones que sí puede tomar. Así, sin darse cuenta, termina entregando su serenidad al entorno y su energía al caos.

Lo que sí depende de ti (y lo que no)

El principio estoico que El Rincón de Aquiles llama “La Dicotomía del Control” se resume en algo tan simple como poderoso: distinguir entre lo que depende de ti y lo que no. Lo curioso es que todos creemos hacerlo, pero casi nadie lo aplica en serio. Porque cuando algo nos afecta, automáticamente sentimos que deberíamos poder cambiarlo.

Sin embargo, si uno se detiene a mirar con calma, la línea divisoria está bastante clara. No depende de ti lo que hace el gobierno, la inflación, las decisiones de tus competidores, la voluntad de un cliente de comprarte o no, ni el comportamiento de un empleado una vez que ya lo formaste. En cambio, sí depende de ti cómo administras lo que tienes, cómo respondes ante los imprevistos, qué decisiones tomas frente a la incertidumbre, qué cultura promueves dentro de tu empresa, cómo comunicas y qué mentalidad eliges cultivar.

Diferenciar esto no es una cuestión filosófica, es profundamente práctica. Porque si pones energía en lo que no puedes controlar, te frustras y te paralizas; pero si la concentras en lo que sí puedes manejar, te fortaleces y creces. Esa es la frontera entre el empresario que reacciona y el que lidera.

La trampa del “si tan solo”

Muchos empresarios viven atrapados en una frase que parece inocente, pero que es letal: “si tan solo…”. Si tan solo bajaran los impuestos. Si tan solo el banco me diera crédito. Si tan solo tuviera otro socio. Si tan solo el mercado cambiara. Ese pensamiento es cómodo porque pone la causa del problema afuera, y por tanto, la solución también. Pero es una trampa.

El “si tan solo” te quita poder. Te deja esperando que algo cambie para que tú puedas actuar. Y mientras esperas, el tiempo pasa, los problemas crecen y la motivación se diluye. Las empresas que sobreviven no son las que esperan que el contexto mejore, sino las que se fortalecen a pesar de él. El empresario lúcido entiende que el viento no se puede controlar, pero sí se pueden ajustar las velas. Y esa diferencia es la que separa a los que resisten de los que naufragan.

La energía que se desperdicia intentando controlar lo incontrolable

No hay peor desgaste que el de intentar controlar lo que no se puede. Es una lucha invisible, pero constante. Cada minuto que dedicas a preocuparte por lo que no depende de ti es un minuto que le robas a tu estrategia, a tu equipo o a tu creatividad. No se trata de volverse indiferente, ni de negar la realidad. Se trata de no regalarle tu paz a aquello que no puedes cambiar.

La serenidad no es pasividad. Es inteligencia emocional aplicada a la gestión. El empresario sereno no es el que no se altera nunca; es el que sabe cuándo vale la pena alterarse. Y cuando logra eso, contagia equilibrio a todo el equipo. Una empresa dirigida por un líder ansioso vive en tensión; una empresa dirigida por alguien que piensa con claridad puede atravesar cualquier tormenta.

Un ejemplo real

Recuerdo a un empresario con el que trabajé hace algunos años. Estaba desesperado por la inflación. “No puedo dormir —me dijo—. Siento que pierdo el control cada vez que suben los precios.” Le respondí: “No vas a controlar la inflación, pero sí podés controlar cómo tu empresa reacciona ante ella.” Y trabajamos en tres cosas muy concretas.

Primero, implementamos una política de precios dinámica, que se actualizaba automáticamente según variaciones de costos. Segundo, diseñamos un tablero financiero de anticipación, que le mostraba con tres meses de antelación los desfasajes de caja. Y tercero, creamos un protocolo de comunicación interna para evitar que cada gerente tomara decisiones impulsivas frente a cada sobresalto del mercado.

Tres meses después, la inflación seguía igual. Pero la empresa ya no era la misma. No porque el contexto hubiera cambiado, sino porque ellos habían dejado de pelear contra fantasmas. Habían aprendido a gestionar su realidad, no a reaccionar ante ella.

Cuando lo externo te gobierna

Cuando dejas que los factores externos te gobiernen, te conviertes en rehén del contexto. Tu agenda la marcan los problemas y no tus prioridades. Tus reuniones se llenan de quejas y no de ideas. Tus decisiones nacen del miedo y no del análisis. Y, sin darte cuenta, tu estado de ánimo empieza a depender más del noticiero que de los resultados de tu empresa.

Esa actitud se contagia. Si el dueño vive alterado, el equipo también. Si el líder se queja, los demás se victimizan. Si el director se paraliza, todos esperan que alguien venga a resolver lo que él no enfrenta. La empresa no se bloquea por falta de información, sino por exceso de preocupación. Y muchas veces, esa preocupación está puesta justo donde no tiene sentido.

Cómo aplicar la Dicotomía del Control en tu empresa

Llevar esta idea a la práctica es mucho más simple de lo que parece, aunque requiere disciplina. El primer paso es distinguir. Cada vez que enfrentes un problema, antes de reaccionar, pregúntate: “¿Depende de mí o no?” Si no depende de ti, detente. No conviertas algo inevitable en una fuente de sufrimiento innecesario.

El segundo paso es reorientar. En lugar de quedarte atrapado en lo que no puedes cambiar, enfoca tu energía en lo que sí puedes mejorar. No puedes controlar la demanda, pero puedes mejorar tu propuesta de valor. No puedes cambiar los impuestos, pero puedes optimizar tus costos. No puedes evitar la competencia, pero puedes diferenciar tu experiencia de cliente. Esa es la dirección correcta: del lamento a la acción.

Y el tercer paso es actuar con ecuanimidad. No todo lo que depende de ti se puede cambiar rápido, pero todo lo que depende de ti se puede mejorar. Esa es la base del crecimiento sostenible: pequeñas decisiones consistentes en las áreas donde sí tienes influencia.

Control no es dominio, es influencia

Uno de los mayores errores en la gestión es confundir control con dominio. Controlar no significa imponer ni tener todo bajo tu mando. Significa influir desde lo que puedes hacer. No puedes controlar a tus clientes, pero puedes influir en cómo te perciben. No puedes controlar a tus empleados, pero puedes influir en cómo se comprometen. No puedes controlar el mercado, pero puedes influir en cómo te adaptas a él.

El poder del empresario no está en pretender que el mundo funcione según sus reglas, sino en jugar bien en el terreno que le toca. Quien entiende eso gana libertad mental y poder real, porque ya no depende del caos externo para sentirse en control.

De víctima a protagonista

La Dicotomía del Control es, en el fondo, una invitación a dejar de ser víctima del entorno y pasar a ser protagonista de la respuesta. El empresario víctima se pregunta “¿por qué me pasa esto?”, mientras que el protagonista se pregunta “¿qué puedo hacer con esto?”. La primera pregunta paraliza; la segunda moviliza. Y esa diferencia no solo define los resultados, sino también la calidad de vida del empresario.

Ser empresario en América Latina es, en muchos sentidos, una práctica estoica. Todos los días hay que decidir dónde poner la energía, qué batallas vale la pena pelear y cuáles hay que soltar. Saber soltar no es debilidad, es madurez. Es entender que hay guerras que se ganan retirándose a tiempo para cuidar lo esencial.

Lo que siempre está bajo tu control

Hay tres cosas que siempre estarán bajo tu control, incluso en medio del caos: tus pensamientos, tus decisiones y tu actitud. Puedes elegir cómo interpretar lo que pasa; puedes decidir qué hacer con lo que tienes; y puedes liderar con el ánimo que contagia serenidad o desesperación. Eso nadie puede quitarte. Es tu zona de poder real.

La serenidad no se compra ni se impone: se entrena. Y cada vez que eliges no reaccionar impulsivamente ante lo que no depende de ti, estás fortaleciendo ese músculo invisible que sostiene a los grandes líderes.

La serenidad como ventaja competitiva

En tiempos donde todos corren detrás de lo urgente, la serenidad se convierte en una ventaja competitiva. Una empresa serena no es una empresa lenta; es una empresa que sabe hacia dónde va. No se desespera ante los cambios, los interpreta. No busca culpables, busca alternativas. No se desgasta en lo imposible, se enfoca en lo necesario.

El empresario que logra serenarse gana poder, porque entiende que el verdadero control no está en cambiarlo todo, sino en gobernarse a sí mismo. En última instancia, eso es lo que diferencia a los que construyen futuro de los que sobreviven al presente.

La Dicotomía del Control no es una idea antigua: es un método moderno de liderazgo. Nos enseña a no confundir responsabilidad con omnipotencia, ni aceptación con resignación. Nos recuerda que nuestro poder está en nuestros actos, pensamientos y respuestas. Todo lo demás, como decía Epicteto, simplemente “es así”.

Puedes leer más artículos de Juan Carlos Valda en https://grandespymes.ar/category/articulos-propios/

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